<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888</id><updated>2011-07-28T17:36:11.812-07:00</updated><title type='text'>Historias del consultorio</title><subtitle type='html'>He trabajado cincuenta años como analista, y acabo de retirarme. Me di cuenta de todas las historias que acumulé. Se las cuento sin interpretarlas, como simples relatos, pero cambiando las identidades.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>12</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-1538909302167514208</id><published>2010-03-07T09:56:00.001-08:00</published><updated>2010-03-07T09:59:58.898-08:00</updated><title type='text'>LA VIDA ES JUEGO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_JPO7pQ3ihpg/S5Ppk-e17nI/AAAAAAAAAA8/sNUihvfI710/s1600-h/Bingo1.gif"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 249px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_JPO7pQ3ihpg/S5Ppk-e17nI/AAAAAAAAAA8/sNUihvfI710/s320/Bingo1.gif" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5445953195877985906" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcela llegó a mi consultorio derivada por un colega, que me planteó que no le interesaba el caso, que él no se dedicaba a adicciones. Claro que yo tampoco. Pero le debía unos cuantos favores, y él utilizó el argumento de la deuda para ablandarme. De todas maneras se trataba de un tipo de adicción sobre el que no conocía mucho, y esto me permitiría hacer un abordaje práctico a un tema que a gatas había rozado en mis estudios teóricos. Marcela era una jugadora compulsiva.&lt;br /&gt;¿Cómo llega a un psicoanalista una adicta a una cuestión tan difícil de encasillar? ¿Qué piensa? ¿A dónde quiere llegar?&lt;br /&gt;Me dio muy buena impresión al verla: linda, elegante, sociable y todo su actuar daba cuenta de una mujer que detentaba una combinación interesante de inteligencia y astucia. Esa mezcla endemoniada que tiene mucha gente de seducir a través del enigma que te crea pensar que la vas a querer u odiar por partes iguales, dependiendo del momento. Pero, bien... era apenas una primera impresión.&lt;br /&gt;- El doctor Arenas le debe haber anticipado que me justa jugar.&lt;br /&gt;- Así es. Lo que quiero preguntarle es si usted tiene una idea cabal de lo que es el psicoanálisis. Es decir: ¿tiene en claro qué quiere lograr iniciando una terapia?&lt;br /&gt;- No exactamente. Charlar, tal vez, aclarar cosas que en mi vida me han costado siempre y que a lo mejor lo tenía adelante de mis narices.&lt;br /&gt;- Usted ¿quiere dejar el juego?&lt;br /&gt;- De ninguna manera, quiero –simplemente- que no interfiera en el resto de las cosas de mi vida.&lt;br /&gt;El resto de las cosas, como las denominaba sencillamente ella, era todo su entorno: pareja, hijos, trabajo, amigos, familia... ¡al fin llegaba un paciente con una idea muy clara de lo que viene a hacer a mi consultorio!&lt;br /&gt;La vida pasada de esta mujer no había sido sencilla. Aunque no más que cualquiera que aterriza en el consultorio de un psicoanalista. Sus padres, muy pobres de origen, sin mayor acceso a la instrucción ni la cultura, habían logrado escalar socialmente de una manera impensada. El padre había ingresado como obrero de confianza de un emprendedor metalúrgico, que por esos azares de la historia había sido bendecido por la “sustitución de importaciones” en la década del cuarenta. Fabricaban electrodomésticos, y en el término de diez años aquel obrero fue asumiendo tareas de mayor confianza y por ende ingresos. Conoció a otra operaria en el mismo lugar con la que se casó y juntos habrían de vivir una vida casi como de ficción: piso en Palermo, viajes por el mundo, grandes autos, tres hijos con educación privilegiada. Hijos que crecieron con hábitos de clase alta: club hípico, colegios bilingües, vacaciones de ensueño hoy guardadas celosamente en el recuerdo ya que papá había filmado maniáticamente todo.&lt;br /&gt;Marcela arribó a la adolescencia diferenciándose de sus hermanos: el mayor vivía fines de semana en smoking y volvía borracho y la menor decía que su hermana mayor era “mersa”. Desde chica ella había decidido repudiar los lujos que la rodeaban, y elegía jugar con el hijo del encargado del edificio, o escaparse a la placita de la vuelta en lugar preferir los caros y refinados juguetes que le regalaban.&lt;br /&gt;Fue en esas escapadas que tanto disfrutaba que descubrió lo competitiva que podía llegar a ser: le encantaba ganar, y en ese ímpetu más le gustaba cuando más difícil y riesgoso era. Y esto lo iba trasladando a todo a su alrededor: en la actividad diaria, en la elección de su pareja, en la cantidad de hijos.&lt;br /&gt;Eligió al hombre no indicado para su primer marido: divorciado, pobre, y como ella aventurero siempre detrás de un triunfo. Un pichón de estafador, que le supo enseñar no sólo como sortear acreedores con éxito, sino que además la sumergió en las exquisiteces de los distintos juegos de azar. La especialidad de aquel señor era el comercio: comprar y vender para ganar ganar y ganar más. De día compraban y vendían, de noche iban a la ruleta, al bingo o a la mano que se jugara en casa de amigos, proveedores o clientes.&lt;br /&gt;Los diez años de matrimonio le sirvieron para concebir seis veces, dos de los cuales fueron frustrados por cuestiones naturales. El matrimonio se fue deteriorando y se hundió definitivamente tras la certeza de las infidelidades reiteradas del marido. Lo abandonó y se llevó a los cuatro hijos con ella.&lt;br /&gt;Sus padres no la abandonaron económicamente, y así fue como empezó su nuevo ciclo: estrenando un semipiso y un auto como donación paterna.&lt;br /&gt;Entre cambios y adaptaciones, había tenido que abandonar forzosamente su tendencia a jugar. Pero pronto encontró un sucedáneo interesante en un grupo de amigos que se divertían con juegos familiares: canasta, ludo, dominó, chinchón o lotería. Algunas veces incursionaban en el póker o el truco por dinero, y eso la volvía a llenar de energía. Aunque sus hijos se quejaran de que no les cocinara tanto, o que la ropa sucia se acumulara.&lt;br /&gt;Hasta que descubrió que cuando los hijos estaban en actividades escolares o deportivas ella podía correrse al bingo. Disfrutó como nadie la aparición de casinos cercanos a la ciudad. Había encontrado su espacio, a pesar de que sus apuestas siempre debían ser medidas, casi simbólicas.&lt;br /&gt;La influencia paterna le permitió pronto arribar a un trabajo seguro, sólido y firme. En un horario matutino comenzó a ser secretaria de un médico, con un buen sueldo y ya al mediodía estaba en condiciones de salir rauda para el bingo, actividad que no abandonaría.&lt;br /&gt;En la fiesta de una amiga conoció a quien sería su nueva pareja. Y aquí es donde decide acudir a mi consultorio.&lt;br /&gt;- Estoy segura de que lo mío es una adicción. Pero quiero seguir disfrutando.&lt;br /&gt;- ¿Y entonces?&lt;br /&gt;- No quiero arruinar mi pareja. Si él se entera que yo no puedo abandonar el juego, no me imagino su reacción. Mario es un ejecutivo en una multinacional. Es el Director de Asuntos Legales, y su misión precisamente es combatir ilícitos. ¡Mire lo que son las casualidades! Una de las cosas que me relató con gran detalle, al poco tiempo de conocerse, es el juicio que le hicieron al Director Financiero porque se comprobó que era adicto a los juegos de azar.&lt;br /&gt;- Entiendo su posición. Lo que no entiendo es cómo consolidar una relación sin que se entere de algo tan... presente en su vida...&lt;br /&gt;- Quiero que me ayude: no puedo equivocarme. Deseo fervientemente volver a tener una pareja sólida, y mucho más ahora que sé que tengo al lado mío a un hombre que no me equivoqué en elegir.&lt;br /&gt;Una situación difícil, compleja, pero así esbozada destinada a terminar mal. Pero no de la manera que pueda imaginarse cualquiera: ya van a ver.&lt;br /&gt;La situación de Mario también tenía su complejidad. Su éxito profesional y empresario se vio empañada cuando su mujer atendió tardíamente su nódulo mamario y la vida se le fue en pocos meses, dejándolo con dos hijos adolescentes.&lt;br /&gt;Empezaron a salir, aunque sus encuentros tenían gran precariedad: siempre en hoteles, armando grandes estrategias para no abandonar del todo a aquellos seis adolescentes que sumaban como padres, y que tenían todas las variedades de sexo y edades.&lt;br /&gt;Probaron ver qué pasaba en las primeras vacaciones conjuntas, pero los resultados mostraban la dificultad de siquiera prever un futuro colectivo. Al regreso, pactaron una solución precaria pero satisfactoria: alquilar un departamento equidistante de ambos domicilios, lo que les permitiría reunirse más tranquilos y con la posibilidad de asistir rápidamente a cualquiera de los hijos en caso de cualquier emergencia.&lt;br /&gt;Con el tiempo, lograron planificar encuentros semanales que resultaran convenientes para ambos, y en esta tónica todo comenzó a marchar sobre ruedas. Mario estaba convencido de que nunca se podrían ir a vivir juntos, lo que tranquilizaba para siempre a Marcela: así le quedaba mucho tiempo para ir a jugar tranquila, lejos de cualquier peligroso control.&lt;br /&gt;Preguntarán si nunca perdía, si no tenía problemas económicos. Ella sabía que eso solía ser uno de los principales inconvenientes de su adicción. Pero siempre había algún recurso: préstamos familiares, el auxilio de Mario (para el cual fabricaba pretextos o alguna mentirita), o nuevos trabajos que conseguía.&lt;br /&gt;Esta supuesta estabilidad, sin embargo, le traía ciertas preocupaciones: los chicos irían creciendo y un día se encontraría de nuevo con “otra realidad”. Pero, mientras tanto disfrutaba y abandonó la terapia. Su objetivo había sido logrado: no abandonaba el juego.&lt;br /&gt;La muerte de su padre le había traído la novedad de que su madre se encontró con una considerable fortuna, correctamente administrada. La posibilidad de que ella misma lograra por herencia un futuro buen pasar, se advirtió tras la muerte de su madre.&lt;br /&gt;Me reencontré con Marcela bastantes años después, cuando me pidió una sesión urgente. Todo se había desmoronado, tal como había sido siempre su fantasma. Con los hijos ya mayores, a Mario no se le había ocurrido mejor idea que la compra de una hermosa casa en un country. Tras el anuncio de la adquisición, le ofreció que comenzaran a vivir juntos en ese lugar.&lt;br /&gt;Marcela no supo manejar la noticia. Para ella no era una grata sorpresa, sino la peor noticia que recibiera en su vida. Olvidó sus buenas maneras y le dijo que no quería verlo más. Se encerró y durante un tiempo lo único que hacía era llamarlo por teléfono e insultarlo.&lt;br /&gt;En el consultorio lloró, me dijo que no podía controlarse, y de a poco se convenció del error que cometía y que, como siempre, tenía que adaptarse a las circunstancias y dejar que la realidad se amoldara.&lt;br /&gt;El que no se adaptó fue Mario: había recibido el peor desaire de su vida y no quiso volver atrás. &lt;br /&gt;Tiempo después de retirarme de mi actividad, diez años más tarde de aquella ruptura, Marcela intentó retomar su terapia, y debí derivarla a otro colega. Pude así enterarme por su propia voz todo lo que yo imaginaba le podría llegar a pasar: se había jugado todo: la suculenta herencia, el auto, su casa.&lt;br /&gt;Me habló desde su celular, y el murmullo ambiente dificultaba por momentos la comunicación: estaba en el Bingo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-1538909302167514208?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/1538909302167514208/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=1538909302167514208' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/1538909302167514208'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/1538909302167514208'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2010/03/la-vida-es-juego.html' title='LA VIDA ES JUEGO'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_JPO7pQ3ihpg/S5Ppk-e17nI/AAAAAAAAAA8/sNUihvfI710/s72-c/Bingo1.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-4223569825123574050</id><published>2007-05-24T17:46:00.000-07:00</published><updated>2007-05-24T17:49:21.568-07:00</updated><title type='text'>SOLEDAD</title><content type='html'>Si bien cuento con muchas historias atractivas de aquellos que fueron mis pacientes, a veces me tiento por contar historias personales. Aunque no me gusta sentir que estoy haciendo mi autobiografía: siempre pensé que es un acto de vanagloria personal, de gente que fue tan fanfarrona durante toda su vida que pretende aun seguir jactándose de un pasado que al fin y al cabo a pocos interesa que lo hubiera vivido.&lt;br /&gt;Allá por los setenta conocí a Marcia, una colega esbelta, algo entrada en años y preocupada por el deterioro en que caía ahora la que fue una refinada belleza. Yo me había anotado en un curso sobre el análisis del discurso, algo que preocupaba a todos a quienes habíamos acertado conocer la obra de Lacán y nos habíamos dado de bruces con lo inextrincable de sus propuestas.&lt;br /&gt;Marcia es lo que yo podría denominar una de las pocas mujeres discretas que he llegado a conocer en mi vida: cada vez que me llamaba por teléfono indagaba si podía hablar, hasta solía preguntarme si me podría preguntar algo.&lt;br /&gt;Le hice notar lo poco usual de su discreción, y me dijo que a ella le molestaba bastante que la interrumpieran en sus reflexiones, en sus actividades y hasta en su sueño. Y que trataba de asumir la empatía de no hacer lo mismo con los demás. Un valor poco común y hasta admirable para alguien que como yo, era ametrallado a cualquier hora por teléfono por boludeces  por pacientes, colegas, alumnos y parientes.&lt;br /&gt;Esta característica de discreción colaboró con que me hiciera a la larga un buen amigo de Marcia. Nos concentrábamos a estudiar juntos, y la actividad se volvía placentera por el tema y por la compañía. Marcia era una persona cero chismosa: le bastaba que yo fuera su compañero de estudios y no hacía preguntas incómodas ni sobre mi vida personal. Yo le retribuía con iguales dosis de discreción y ambos nos divertíamos con buen café y mucho humo de cigarrillos que por entonces ambos nos dábamos el lujo de degustar.&lt;br /&gt;Un día me sorprendió con un ofrecimiento: encarar en conjunto un seminario privado de posgrado. Una universidad confesional no incluía a Freud, por razones discutibles, en su plan de estudios ¡de la carrera de psicología!, con lo cual estaba generando profesionales sin formación psicoanalítica. Un integrante del grupo de profesores, que no estaba de acuerdo con tal procedimiento, había organizado un instituto de estudios de posgrado con seminarios de especialización psicoanalítica: mucho Freud y Lacan, cuyo conocimiento de sus seminarios empezaba a crecer en el medio nacional. Con ese atractivo captó a casi todo el alumnado que se quejaba a diario por la ausencia de aquello que da más razón de ser a la carrera profesional del psicólogo.&lt;br /&gt;El ofrecimiento me agradó, si bien mis tiempos no daban para todo. Pero acepté entrevistarme con el director de aquel instituto y ver qué podía terminar negociando. Con Marcia nos dirigimos hacia aquella vieja casona en Palermo: había sido reciclada con buen gusto y transformada en una casa de estudios. Con todo lo que debía tener para hacer sentir confortable a gente de clase media que había tenido los recursos suficientes para estudiar en una universidad privada y ahora seguir haciendo inversiones para especializarse.&lt;br /&gt;Estábamos con Marcia en la recepción aguardando. Soledad apareció amable, sonriendo. Saludó a mi colega con gran afecto y demostrando que ya la conocía. Allí me enteré que aquella niña no era una secretaria, sino la codirectora, y también profesora en la universidad.&lt;br /&gt;Yo hacía más de un año que me había separado de mi primera esposa, y me había sido algo difícil encontrar nueva pareja estable. Por entonces pensaba que mi neurosis me bloqueaba la posibilidad de fijar un nuevo vínculo que me fuera satisfactorio.&lt;br /&gt;Con Soledad parecía haber encontrado aquello que cubría mis necesidades afectivas: esa chica del rostro anguloso, la mirada expresiva, el andar sigiloso. En el diálogo que tuvimos aquella tarde nuestras miradas se cruzaron varias veces. Salí impactado. Impactadísimo.&lt;br /&gt;Al día siguiente me encontré con Marcia y le confesé aquello que me pasaba.&lt;br /&gt;- Bien, muchacho: ella también me preguntó por vos. Creo que el flechazo fue mutuo.&lt;br /&gt;- ¿Ella no tiene pareja?&lt;br /&gt;- No tengo mucha intimidad con ella para saber tanto, pero pareciera que no.&lt;br /&gt;- ¿Vos creés, entonces, que si la invito a salir no se va a oponer?&lt;br /&gt;- Pienso que no.&lt;br /&gt;Así fue como nos encontramos con Soledad, en un bar también de Palermo, una tarde. En una charla muy distendida. Muy para conocer quiénes éramos.&lt;br /&gt;Cada minuto que pasaba me parecía más seductora, más cercana a mí. Así que quedamos en volver a vernos a mitad de semana, en un día que coincidíamos en quedar libres temprano. Saldríamos a cenar.&lt;br /&gt;Fue en aquel restaurant que Sole decidió contarme el eje principal de su vida: su filiación. Porque si bien parecía una mujer más, profesional urbana y atractiva, pues que no lo era. O más bien: pues que no debería serlo. Soledad pertenecía a una organización confesional por medio de la cual ejercía actividades religiosas dentro de las cuales mantenía voto de castidad.&lt;br /&gt;Lo que oyeron.&lt;br /&gt;Ni se imaginen mi nivel de confusión. ¿Qué hacía yo allí sentado como un boludo tratando de deslizarla de a poco hacia mi cama, a una especie de monja?&lt;br /&gt;Claro: se lo pregunté. Allí siguió la confesión, tan confusa como neurótica: ella había solicitado “cambiar de categoría” en aquella organización, y por tanto hasta que la autorizaran se estaba preparando. Para ahorrar camino, me adelantó que tenía un buen whisky y que me haría un café en su consultorio, a pocas cuadras de donde estábamos.&lt;br /&gt;Como estaba muy intrigado sobre cómo seguiría esta propuesta, inicié todo mi repertorio de acercamiento pasional, que aseguraba que no quedaran ocultas mis verdaderas intenciones. Aunque respondían también a lo sugerente del whisky y el café a solas.&lt;br /&gt;Soledad admitió todo tipo de avances de tipo sexual. Todos los que no fueran acercarse al sexo, claro. Cuando, de todas maneras, intenté ir todavía más allá para desprender su ropa interior, me encontré con la triste comprobación de que su cuerpo estaba cubierto por una enorme faja que arrancaba desde arriba de su cintura y cubría parte de sus piernas. Una especie de coraza elástica firme y dura, casi imposible de sacar sin su propia colaboración.&lt;br /&gt;- Lo que te expliqué: todavía no me autorizan.&lt;br /&gt;Aquello era terrible: loco y feo.&lt;br /&gt;Me fui, decepcionado.&lt;br /&gt;Mi reencuentro, de tipo profesional y varios días más tarde, fue celebrado sólo por ella, que me besaba y acariciaba, y pretendía deslizar frases dulces de amor.&lt;br /&gt;Tal vez debería aguardar un tiempo, hasta que “la autorizaran”. No lo entendí así.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-4223569825123574050?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/4223569825123574050/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=4223569825123574050' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/4223569825123574050'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/4223569825123574050'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2007/05/soledad.html' title='SOLEDAD'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-117392273050663674</id><published>2007-03-14T19:36:00.000-07:00</published><updated>2007-03-14T18:51:34.730-07:00</updated><title type='text'>PROFESOR HANS</title><content type='html'>&lt;a href="http://bp0.blogger.com/_JPO7pQ3ihpg/RfimcxpPfCI/AAAAAAAAAAM/Oo6apNnEnIg/s1600-h/hans+fotos.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5041962796134136866" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 522px; CURSOR: hand; HEIGHT: 110px; TEXT-ALIGN: center" height="82" alt="" src="http://bp0.blogger.com/_JPO7pQ3ihpg/RfimcxpPfCI/AAAAAAAAAAM/Oo6apNnEnIg/s320/hans+fotos.jpg" width="387" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; El profesor Hans prefirió no decirme quién le había recomendado mis servicios. Esto fue por 1965, y por entonces en ciertos sectores no era bien visto psicoanalizarse. Y mucho menos que se llegara a conocer aunque fuera de lejos la historia que lo torturaba.&lt;br /&gt;Hans era hijo de alemanes, que llegaron al país huyendo de la primera guerra mundial. Habían logrado la representación exclusiva de unos productos industriales de primera calidad que si bien no eran de venta masiva, tenían un excelente margen que posibilitó el rápido crecimiento económico de aquellos refugiados. El logro de esa excelente inserción social les había permitido criar al hijo único con gran confort y buena educación: colegio bilingüe y carrera de medicina. Sus posgrados en Alemania y Estados Unidos le dieron un valor agregado interesante, y pudo avanzar en su especialidad de neurocirugía, lo que le valió un destacado lugar como profesor en la Facultad de Medicina.&lt;br /&gt;Hans, devoto luterano, había noviado durante toda su carrera con una rubiecita simpática hija de otros alemanes, y luego de doctorarse la desposó y embarazó, en ese lógico y esperado orden.&lt;br /&gt;Acababa de cumplir veinte años de casado y cincuenta de edad, cuando comenzó su análisis. Se trataba de un hombre con dos rostros: uno cumplido y otro irrealizado. ¿Cómo era esto? Hans se había esmerado por construir un personaje tal cual todos esperaban que fuera: recto, estudioso y fiel. Para lograrlo había contenido todos los ingredientes que imaginaba como censurables para aquellos que regían su vida, pastores de la iglesia, familiares y, en especial, sus padres. Por eso no era casual que entrara por primera vez a mi consultorio a los pocos días de fallecer su madre, la última atadura que consideró válida.&lt;br /&gt;Su primera charla conmigo fue tan clara, que demostraba que más que un psicoanalista necesitaba un amigo. Tenía una lucidez y conocimiento de sus problemas como no me ha sido dado ver en toda mi carrera. Hans había sufrido el tener una educación tan rígida y un mandato tan cerrado. En realidad, envidiaba a los que habían hecho lo que querían en la vida: los vagos, los artistas, y hasta los repartidores de pizza.&lt;br /&gt;Hans me patentizaba un dilema ético personal, que nunca supe contestar. Ni como profesional ni como ser humano. Cuando uno se encuentra frente a una persona que quiere ser otra, y dejar salir de adentro ese “otro” que ha guardado; cuando el envase es de un prestigio y utilidad social ¿qué es lo válido, legítimo y real?&lt;br /&gt;Esta especie de Mr. Hide comenzó a taladrarme desde que había llegado a mi vida. Cuando comenzó a intentar explicarme que él deseaba descubrir lo antes posible todo lo que había reprimido, empecé a sentir cierta zozobra, no lo puedo negar.&lt;br /&gt;Su primera experiencia “distinta” fue repentina y contundente. Pero no imprevisible: se trató de una enfermera. Después se enteraría que ella había pensado que él tal vez fuera impotente u homosexual, porque hasta que aquel profesor picara esto le había costado las mil y una insinuaciones, tocatinas y apoyaturas varias. Hans había tenido con ella su primera experiencia sexual con otra mujer que no fuera su esposa, la primera “de parado”, la primera en un lugar público. Contaba maravillas sobre lo que había sentido, experimentado y disfrutado.&lt;br /&gt;Como cualquier otra “primera vez”, confundía sus fantasías con aquello que hubiera en realidad pasado. Pero eso era lo que hacía más excitante toda la cuestión, y lo que lo motivaba a profundizarla. Pensaba que su aventura con la enfermera era algo a lo que llegaba atrasado en, por lo menos, treinta años. Y lo más complicado: se preguntaba en cuántas cosas más debería incursionar ahora, aun tarde.&lt;br /&gt;Me di cuenta que poco podía hacer, más allá de lo que estaba haciendo: presenciar. Hans motorizaba cosas imposibles de frenar, cambiar o siquiera hacer reflexionar. Un día apareció en la sesión con un walkman Sony, flamante. “Se lo robé a un colega” confesó. La “T-shirt” que lucía era producto de un acto descuidista en una sucursal de Giesso. Me la mostraba en la misma sesión que me contó que sospechaba ser el padre del hijo que aguardaba su mucama, que por suerte estaba casada y que adjudicaba la paternidad a su marido.&lt;br /&gt;Su esposa se comunicó conmigo y me pidió una sesión. Me contó que su marido “había cambiado mucho”. Que se emborrachaba todas las noches y provocaba escenas ridículas, como pelearse a muerte con el vecino porque su perro ladraba, o dejar plantado a su equipo para una operación por ir al cine.&lt;br /&gt;Hasta que un día oí su voz preocupada en el teléfono y supe que ya no íbamos a poder hacer mucho porque Mr. Hyde había poseído definitivamente a Hans. Desde hacía una semana había empezado a salir con Marita, una artesana en Parque Lezama y juntos habían decidido huir a Bahía, a cantar y vender artesanías en cuero. El mayor inconveniente era el motivo de por qué debía huir sin mirar atrás: Hans había sido hasta el día antes el amante de la madre de Marita, y –peor- ella todavía era menor de edad.&lt;br /&gt;Pasó tanto tiempo, que casi había olvidado esta historia. Hasta que el lunes pasado alguien dejó un mensaje escueto en mi contestador: “Por favor, Fernando, llamame a este número”. Era Hans, treinta años después. Le conté de mi retiro, así que nos reencontramos socialmente y lo derivé a un colega. Más viejo, gordo y pelado, vino a recuperar cosas, afectos familiares, recuerdos. Como si fuera posible vivir en una novela tan dura y poder salir indemne.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-117392273050663674?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/117392273050663674/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=117392273050663674' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/117392273050663674'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/117392273050663674'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2007/03/profesor-hans.html' title='PROFESOR HANS'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp0.blogger.com/_JPO7pQ3ihpg/RfimcxpPfCI/AAAAAAAAAAM/Oo6apNnEnIg/s72-c/hans+fotos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-116872384829040092</id><published>2007-01-13T13:27:00.000-08:00</published><updated>2007-01-13T13:30:48.303-08:00</updated><title type='text'>EZEQUIEL</title><content type='html'>En algún momento de los setenta yo tenía un dinero de origen hereditario que me quemaba. Así que tuve que decidir si lo gastaba en un viaje por el mundo o lo invertía en algo. Ese algo fue participar en el negocio bodeguero, algo que nunca me interesó pero que hizo, por lo menos, que el capital se mantuviera bien. Mi socio en el proyecto fue Raúl, un joven muy paquete dedicado con pulcritud a hacer todo lo que estaba bien visto.&lt;br /&gt;Ezequiel vino a mi consultorio derivado precisamente por Raúl. Su historia parecía calcada de un teleteatro, con él me di cuenta de la capacidad que tiene un psicoanalista de captar historias reales capaces de poder ser transformadas en ficciones, algo que se supone el camino inverso de lo que debería ser.&lt;br /&gt;Ezequiel había cubierto un camino absolutamente predecible: fue a un “buen” colegio, había logrado una profesión “bien” vista, y en general seguía todos los parámetros que sus padres habían ya trazado para él. Luego de gastar dos o tres novias de apellidos lustrosos y elegantes, conoció a Delfina, otra top de la sociedad capitalina.&lt;br /&gt;Aquella relación sorprendía a todos por su sinceridad: se habían entregado el uno para el otro y sólo se separaban por las cuestiones individuales rutinarias: estudiar o trabajar.&lt;br /&gt;El matrimonio fue un éxito, celebrado por el arco social: pasaban los años y ellos seguían siempre así, juntos, siempre tomados de la mano y envidiados por sus pares, cuyos divorcios se sucedían en medio de riñas, cuestiones societarias y demás lindezas sociales.&lt;br /&gt;Ezequiel vino a verme por primera vez bastante bajoneado y confundido. Nunca había discutido más que por superficialidades con Delfina, pero apenas unas semanas atrás ella lo había convocado en el living del hogar para confesarle su necesidad de separarse y empezar una nueva vida sin él.&lt;br /&gt;Y él no sólo no entendía que ella ya no lo necesitara, sino que no se explicaba cómo vivir sin ella. El resto de los temas: hijos, negocios conjuntos, propiedades y proyectos si bien estaban en segundo plano, sólo ennegrecían el panorama que se abría ante el pobre Ezequiel.&lt;br /&gt;Luego de aquella declaración de independencia iniciada por Delfina, las charlas diarias entre ambos fueron enmarcadas por los obsesivos –y por cierto obvios- “por qué” que comenzó a descerrajar el marido. Un ametrallamiento en principio ignorado por Delfina pero que, de a poco, fue venciendo. Ella comenzó a contarle sus verdaderos sentimientos, sus conductas ocultas, su real personalidad.&lt;br /&gt;Detrás de aquella mujer que decía amarle, venerarle y guardarle respeto se escondía exactamente lo contrario: lo diametralmente opuesto. Una espantosa conducta bipolar.&lt;br /&gt;Delfina comenzó confesando que nunca había podido ser fiel. Esto desmoronó a Ezequiel. Y no porque fueran historias tremendas de amantes de gran amor: a Delfina le gustaba mentir. Decir, por ejemplo: voy a la peluquería pero en realidad irse a un hotel con el encargado del edificio donde vivían. O vivir una pequeñísima aventura con el bañero en Pinamar, en la caseta donde guardan las sombrillas o tener sexo oral con el delivery de la pizza.&lt;br /&gt;Ezequiel comenzó preguntando tímidamente, y tal vez rogando que ella ocultara todo. Pero Delfina había considerado que todo terminó, y no tuvo ningún prejuicio en relatar con lujo de detalles toda la maraña de infidelidades que había sido capaz de realizar en los seis años de matrimonio. Ni siquiera cada embarazo la había detenido. Eso sí: se había asegurado de que cada hijo fuera realmente del padre adjudicado, es decir el mismísimo Ezequiel.&lt;br /&gt;Después de llorar todo lo que pudo, Ezequiel se dio cuenta que aquello no podía ser en balde: estaba recibiendo una lección de la vida que no iba a desaprovechar. Esto de que la gente no es como es, ni siquiera como parece ser.&lt;br /&gt;Así que decidió conocer más sobre lo que era su mayor ignorancia. ¿Hasta dónde desconocía todavía de la persona que creía más conocer?&lt;br /&gt;Comenzó a reunirse con Delfina y hacerle preguntas que nunca le había hecho. A medida que pasaba el tiempo desde la separación, ella se aflojaba más, y más contaba.&lt;br /&gt;Sobre las infidelidades conoció el detalle insólito de cada una, por lo que comenzó a inquirir sobre las motivaciones. Parece que, animada por lo fácil que le resultaba, Delfina comenzó a urdir cosas cada vez más lanzadas: como la vez en que tuvo relaciones con un acomodador del cine mientras fingía ir al baño, con un mozo en un restaurant o con el propio suegro (hoy ya fallecido), algo que impactó en Ezequiel de una manera casi irreversible.&lt;br /&gt;De todo esto me fui enterando en forma tan paulatina como el mismo Ezequiel, quien fue pasando del llanto de las primeras sesiones a la furia contenida y luego a la diversión que presupone conocer un personaje del que se consideró luego felizmente liberado.&lt;br /&gt;Esta manera de interpretar los hechos desgraciados de la propia vida sirvió al muchacho para desear conocer más aspectos de la personalidad oculta de Delfina. Es que no podía ser que esta mujer fuera tan “original” sólo en el aspecto amatorio. ¿Cómo sería el resto?&lt;br /&gt;No tardó en lograr respuestas no menos asombrosas. “Me cuesta salir de un negocio sin llevarme algo” le confesó. Creyó que entendía. Pensó que era otra mujer a la cual la deslumbraban las compras compulsivas. Claro que en este caso el término “llevarme” implicaba una extracción sin pasar por la caja y sin siquiera  firmar el voucher de una tarjeta de crédito. Esto, que en el lenguaje científico se denomina “cleptomanía”, en el más comprometido lenguaje leguleyo se califica en forma rotunda como “hurto”. Muy desagradable.&lt;br /&gt;Y a esta altura mi paciente sólo deseaba descubrir más. Nuestras sesiones se abrían a toda una serie de especulaciones que iban de la ciencia ficción al horror: ¿habrá matado? ¿corrompido menores? ¿habrá probado robar bancos? Ezequiel, subido a cierta paranoia, se preguntaba si no habría quedado implicado en alguno de los hechos producidos por la locura de Delfina. Y se angustiaba por descubrir si alguno de sus hijos conocía o había heredado alguna de las oscuras características de su ex. No tardaría en enterarse cómo Delfina seguía descendiendo a los infiernos.&lt;br /&gt;Un día Magdalena, la más intima amiga de su ex, le pidió encontrarse con él.&lt;br /&gt;- Eze: estoy muy preocupada por Delfi.&lt;br /&gt;- Mirá que coincidencia: por suerte yo ya no...&lt;br /&gt;- No jodas: creo que ella está muy mal!&lt;br /&gt;- Bueno: yo no se si sabías que yo también estuve muy mal cuando ella me rajó de su vida. Pero afortunadamente, eso pasó y hoy estoy seguro de que estoy mucho mejor sin ella. ¿Y sabés por qué? Porque siempre fue una puta, y yo no me había dado cuenta.&lt;br /&gt;- Precisamente se trata de eso lo que quería contarte. Delfina está dedicándose a la prostitución. ¿Vos sabías algo?&lt;br /&gt;Aquello excedía cualquier cosa predecible un tiempo atrás: Ezequiel veía cómo Magda, la compañera de Delfina en la cofradía del Corazón de Jesús, confesaba finalmente hasta dónde conocía los desajustes finales de Delfina.&lt;br /&gt;- Sabía que era una puta, pero hasta ahora no me constaba que cobrara... También supe que era ladrona...&lt;br /&gt;- Ladrona, claro... es una metáfora...&lt;br /&gt;- No, querida, nada de metáfora... Roba: mechera, cleptómana...&lt;br /&gt;No me olvido aquella sesión con Ezequiel. Todos sus sentimientos se le confundían. Tenía pruebas contundentes de hasta dónde había llegado su mujer, y eso le dolía. También que lo hubiera engañado, que ella fuera como recién ahora la podía ver, que fuera la madre de sus hijos. Pero empezaba a sentirse liberado y pensando que, de rehacer su vida no debería cometer de nuevo un error tan horrible.&lt;br /&gt;Pasados aquellos shocks, fuimos considerando que ya no necesitaba más del psicoanálisis: él, de a poco fue incorporándose a la vida sin sobresaltos de la rutina burguesa.&lt;br /&gt;No volví a encontrarlo hasta algunos años después, de nuevo casado y ya viudo, y con un par de hijos agregados. Creo que, en síntesis, así suele presentarse la vida de intensa.&lt;br /&gt;No suelo ser demasiado curioso. A veces me han criticado por eso: mi mujer por no investigar e informarla, mi propio analista porque si no investigo no le saco el jugo a mi trabajo. Pero esta vez fui curioso: en cuanto lo encontré a Ezequiel, le pregunté cómo le había ido. Primero se sorprendió con mi pregunta, pero después me dijo no recordar hasta dónde yo había tenido acceso sobre su propia historia.&lt;br /&gt;Y así fue como me hizo una síntesis: al pobre le había continuado yendo mal: su segunda esposa falleció en un accidente en la ruta, y él no quiso volver a insistir con otro matrimonio. De Delfina no sabía mucho, salvo lo que contaban los chicos: se había casado con un diplomático argentino radicado en Europa y la pasaba bomba. Deducía que ahora era a ese hombre al que le metía los cuernos, y tal vez estafara en euros o robara en Harrod´s o El Corte Inglés. Ezequiel prometió retomar su análisis pronto, una frase que escuché cientos de veces en ex-pacientes que extrañan el ritual del diván, pero que después no llegan a cumplir por múltiples razones: olvido, mudanza, viaje o desaparición física.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-116872384829040092?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/116872384829040092/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=116872384829040092' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/116872384829040092'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/116872384829040092'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2007/01/ezequiel.html' title='EZEQUIEL'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-116182368139287919</id><published>2006-10-25T17:47:00.000-07:00</published><updated>2006-10-25T17:48:01.403-07:00</updated><title type='text'>EL LICENCIADO AQUILES</title><content type='html'>Hay tipos que nacen privilegiados: algunos, como Charly García, que tiene “oído absoluto”, otros como Diego Maradona (es el dueño de la pelota, de la voluntad de su contrincante) y Susana Gimenez, son amados indefectiblemente por que sí por toda la gente.&lt;br /&gt;Pero más privilegiados aún son aquellos que nacieron en cuna de oro, rodeados de ayas, mucamas y docentes bilingües, viajes por el mundo y una batería de facilidades para existir entre juguetes electrónicos y debut sexual high tech asegurado.&lt;br /&gt;Aquiles fue uno de estos tipos: nació en una familia adinerada y no le bastó mucho esfuerzo para mantenerse en tal riqueza. Eso sí: le costó un poco estudiar porque la matemática lo aburría, la literatura lo cansaba, la historia no la entendía. Cuando a los golpes terminó el secundario inició todas las carreras que creyó le podían asegurar en algo el porvenir: pero en abogacía se dormía provocando la ira de sus futuros posibles colegas, en medicina se desmayó la primera vez que vio sangre, en filosofía estaba en contra de los enfoques socialistoides de los docentes y sus propuestas audaces.&lt;br /&gt;Le llevó unos años de reflexión –y varios viajes por el mundo- descubrir que el futuro pasaba por hacerse cargo de alguno de los negocios de su padre: desde que devino Director Delegado de la mayoría accionaria de la fábrica de cosméticos, Aquiles había descubierto que su destino pasaba por ahí.&lt;br /&gt;Y su padre, preocupado por que el nene había superado los veinte y no se le conocía aún ninguna afición laboral concreta, decidió que debería conocer bien la empresa “desde abajo”. Así que ingresó sin más a “Cosméticos Labiales S.A.” como visitador de farmacias, una actividad entretenida y jugosa: entrenaba promotoras y cosmetólogas en las bondades de las líneas de productos, y cobraba comisiones sobre las ventas.&lt;br /&gt;De forma veloz lo notó: ¡aquello sí que era su business! Así que, sin más, se inscribió en una de las carreras que cuando lo relataba todos le preguntaban ¿y eso qué es?: marketing.&lt;br /&gt;Sus entrenamientos simultáneos con las promotoras de la empresa lo llevaron derecho a incrementar sus tendencias a una gran promiscuidad. Pasaba que en cuanto las chicas se enteraban que él era nada menos que “el hijo del patrón” demostraban una facilidad desusada para el acceso carnal. Hasta tal punto que él nunca hubiera pensado que era un tipo tan atractivo.&lt;br /&gt;Y no pasó mucho tiempo sin que contrajera una enfermedad que su médico determinó como venérea. Aquiles cayó en un pozo del que se pensó que nunca más saldría. Tenía todo lo que quería: familia poderosa, dinero, mujeres, futuro. Pero se trastornaba al pensar que podía estar al borde de la muerte o, al menos, de alguna discapacidad. Hasta que un buen amigo de la familia de un amigo enterado de su desgracia, lo invitó a su iglesia.&lt;br /&gt;Conocer los poderes que encierra interpretar libros sagrados en forma libre –uno de los preconceptos básicos del mundo de las religiones protestantes- le mostró un nuevo camino que lo marcaría para siempre. Y se permitió configurarlos a través de las modernas técnicas que le aportaban las interesantes materias con que se codeaba en la facultad. Su dicha, como siempre, era coronada diariamente en la cama, con las promotoras, que debían soportar sus descubrimientos sobre como “posicionar a Dios”.&lt;br /&gt;Se inscribió en un curso de Oratoria, y empezó a practicar. La interpretación de los secretos de la Biblia se le facilitaba a cada paso. A la mañana adoctrinaba a cosmetólogas con su verba, en textos tipo “la alantoína refuerza los poros resecos”, que se transformaban en la tarde en “el Señor refuerza la voluntad perdida de sus hijos”. Podía notar cómo el ímpetu que ponía a cada mensaje era igual en intensidad y convicción. Pero lo más interesante era que lograba igual efecto. Así como aquellos argumentos convencían a las cosmetólogas (previo paso de Aquiles por sus camas) que luego, enceguecidas, convencían a las futuras clientas de las líneas de belleza, las chicas que se acercaban a la iglesia no sabían diferenciar mucho si lo que hacían lo hacían por las promesas de eternidad divina o por la deseada posibilidad de acceder a la eternidad que otorgara la fortuna de Aquiles y su familia.&lt;br /&gt;A Aquiles en el fondo le costaba un poco descubrir a Dios, detrás de la imagen marketinera que él mismo construía, siempre más brillante y vendedora que la simpleza ramplona de las deplorables traducciones de los libros sagrados. Y le costaba también saber cuál era ahora su verdadera vocación: si Dios o el Marketing, aquel otro dios no menos manipulable. Pensaba que eran dos formas de energía que lo regían y que, con el tiempo sabía que lograría manejar a su antojo.&lt;br /&gt;Y así, como sin querer, un día llegó a jefe, otro a director, hasta el salto poderoso a gerente general. En fin: que un día entró a la convención de accionistas de la empresa cosmetológica como presidente y representante directo de su padre, su consagración final. Algo que no sintió como contradictorio ya que hacía mucho tiempo que también ya “representaba” al “otro padre” en la iglesia.&lt;br /&gt;Apareció en mi consultorio bastantes años después, cuando decidió divorciarse por primera vez. Su problemática era sencilla y común a muchos mortales: le costaba un poco permanecer fiel en medio de dos mundos en que había clientela con amplia mayoría femenina, y él aparecía en ambos como el hombre con “más poder”.&lt;br /&gt;En tal contexto el psicoanálisis le sirvió para cambiar ideas, apenas.&lt;br /&gt;Sus convicciones habían sufrido un proceso de anquilosamiento defensivo: sostenía que Dios lo guiaba en todo, hasta en sus infidelidades, que las oraciones de sus fieles le permitían alcanzar en forma sencilla una cuota mayor de market share en la venta de cosméticos, y el dinero que sumaba aquí y allá eran las bendiciones que recibía del Señor.&lt;br /&gt;Pasó poco tiempo conmigo. La última vez que me enteré de él fue porque escribí su nombre completo en el Google y así supe de que era el presidente de la cámara de industriales y que había vuelto a casarse con una mujer mucho menor que él. La tercera novedad me dejó paralizado: su éxito actual en la política. Es decir: un nuevo rubro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-116182368139287919?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/116182368139287919/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=116182368139287919' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/116182368139287919'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/116182368139287919'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2006/10/el-licenciado-aquiles.html' title='EL LICENCIADO AQUILES'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-115758407336719085</id><published>2006-09-06T16:06:00.000-07:00</published><updated>2006-09-06T16:07:53.386-07:00</updated><title type='text'>ERNESTO</title><content type='html'>Se los describo para que no tengan que imaginárselo: un gnomo. Nunca debe haber pesado más de sesenta kilos, castaño claro, con barba rala y pelo siempre muy corto tratando de disimular su creciente calvicie. De tez muy blanca, casi refractaria al sol y siempre desalineado, de eternos jeans y camisas de trabajo. A lo sumo, cuando sobrevenía el frío, agregaba a su atuendo una campera de tela de jean gastada y eternas zapatillas de basquet.&lt;br /&gt;La descripción no dista mucho de la del resto de mis alumnos allá por los comienzos de los setenta: eso por no detenerme en el discurso de cada uno. Todos mezclaban la política diaria con los textos de Freud y Marx y encendidas arengas en las cuales de manera inevitable se creía que estábamos en los prolegómenos de una revolución de puta madre.&lt;br /&gt;Yo era ayudante de la cátedra de Psicología General, que era algo así como el abrazo de recepción de todos estos chicos tan llenos de pasión y sin embargo tan cerebrales.&lt;br /&gt;Con muy pocos de ellos he vuelto a encontrarme; es posible, sin embargo, que si lo hago me costaría bastante llegar a reconocerlos. A muchos de ellos los he vuelto a descubrir en actividades académicas, pero me ha resultado difícil identificarlos con aquellos puñados de muchachos embarcados en misiones de pasión pura. Casi todos lucían más viejos que yo. Y de la pasión no quedaba ni el aroma. Claro que esto es Argentina, y muchos de aquellos legítimos apasionados deben haber quedado en el camino envueltos en sus pancartas en algún pozo de la historia, o huyendo de la incomprensión y la picana hayan elegido su lugar en el mundo en Europa, bien a salvo del destino trágico que les había preparado su propia patria.&lt;br /&gt;Ernesto no era mi mejor alumno, pero era el que lograba enfrentarme casi siempre con mis propias contradicciones. A aquella altura del partido creo que constituyó primero el hermano que me hubiera gustado tener, luego se me ha confundido con el hijo que no tuve. Y todo esto en el terreno de lo simbólico más que de lo emocional, si no es que en mi caso parecieran la misma cosa.&lt;br /&gt;Lo que siempre me había llamado la atención de él cuando lo conocí es que nunca estaba solo. Siempre venía a consultarme con Beatriz, una chica bastante más joven que él y mucho más esmirriada, casi anoréxica. Descontaba que sería su pareja, siempre atenta a lo que él expresaba y adhiriendo a lo que él dijera, aunque sólo fuera con su mirada. Yo nunca hubiera dicho “Ernesto me consulta”, sino “ellos me consultan”... Así era aquel vínculo más que obvio.&lt;br /&gt;Cuando terminamos aquel cuatrimestre y, casi por casualidad, me enteré que no sólo no eran pareja, sino apenas que si buenos compañeros, ya que cada uno tenía su pareja: Ernesto arrastraba una relación de más de dos años y Beatriz un noviazgo con un chiquilín de su edad que la visitaba en su casa desde que eran adolescentes.&lt;br /&gt;Claro, como en todos los casos, no volví a verlos más. Hasta siete años después, cuando Ernesto cayó en mi consultorio y, sin querer, me atravesó en lágrimas.&lt;br /&gt;Ahí tuve la oportunidad de conocer el trasfondo de aquella historia y, lo más importante, el recorrido de la curiosa vida de un tipo signado por una desdichada vida amorosa, tortuosa, repleta de experiencias no muy dramáticas pero sí poco agradables. Como que no daba para configurar un teleteatro, pero que puede llenar de color una sesión de comentarios con el peluquero.&lt;br /&gt;Aquellos compañeros de la carrera de Psicología habían soldado sus vidas, casi sin querer, agarrados al cigarrillo y el café, durmiéndose juntos sobre las obras de Freud. Habían pasado cientos de horas juntos, o bien en la casa de la familia de él o de ella, despertando los celos inevitables de sus parejas y haciendo una activa campaña inconsciente por aquella relación que había nacido con la excusa del estudio. &lt;br /&gt;Me costó mucho, seis años más tarde, recordar quién era Ernesto cuando escuché su voz en el teléfono, pidiéndome encontrarnos ya en mi consultorio. Cuando vino, me llamó la atención que el tiempo no parecía haber pasado para él. No parecía haber abandonado ninguna de sus características ni externas ni internas, sólo que se notaba que una aplanadora le había pasado por encima, a pesar de su aparente aplomo, su eterna necesidad de creerse él mismo que nada parecía afectarle.&lt;br /&gt;Imaginé que tendríamos que trabajar mucho e imaginé bien. Muchas horas en mi consultorio me llevó enteder la profusa trama interna del pensamiento, del accionar y de lo emocional de Ernesto. O más bien: nunca lo entendí. Sólo he escuchado y tratado de percibir lo que mejor me permitieron mis sentidos y mis conocimientos psicoanalíticos.&lt;br /&gt;Por aquellos años iniciales, parece que Beatriz fue la primera en sentir una fuerte corriente afectiva que lo sedujo de manera inevitable, si es que él hubiera querido o podido evitarlo. Y una vez que se sumergieron en aquello así surgido, el movimiento expulsó casi por leyes físicas a los que ellos consideraban sus respectivas parejas. Así que decidieron unirse, irse a vivir juntos y ejercer sus propias opiniones internas, lejos de esas dos familias burguesas, plenas de rituales tan opuestos a sus ideas más íntimas. &lt;br /&gt;La relación creció de una manera singular, imprevista, ya que unía lo pasional a lo intelectual y cada cosa empujaba a la otra. Discutían con igual intensidad la falta de papel higiénico y quién salía a comprarlo como la visión particular diferente de una  idea de Lacan. Después, vino aquella hija que ambos recibieron tan bien, en medio de textos y reuniones de estudios en el living de la casa.&lt;br /&gt;Fue recién unos años después que Beatriz prefirió optar por su profesor de gimnasia y creer que lo que la unía a la vida más que las obras completas de Freud era el correr por una cinta, tratar de bajar de peso y unir su transpiración a la de Gabriel, alguien que la ponía reloca en su sexualidad interior.&lt;br /&gt;A Ernesto le fue, sin embargo, bastante más difícil bajarse de aquel mundo al que había entrado de una manera tan natural. Sintió que perder a Beatriz era como perder su mano, su pie o tal vez la nariz. Y, con la justa finalidad de no deprimirse, consiguió mi teléfono.&lt;br /&gt;Esta historia comienza a tejerse allá por 1977, un año particular para mí por la muerte de mis padres, algo bastante difícil y pesado. Pero ya he contado que nada personal ha de deslizarse en mi weblog. Siempre tuve una particular comprensión del drama de Ernesto y me era muy difícil no “estar de su lado”, pero esta cuestión en el fondo nos pasa a todos los analistas, que en algún lugar debemos seguir siendo humanos.&lt;br /&gt;Ernesto lloró todo lo que pudo, y luego de entender de cuanta inevitabilidad se trataba, comenzó a buscar nuevas parejas. Un tema más difícil de lo que parece, porque así se está destinado a encontrarse con todos los casos sueltos posibles de embarcar y esta es una cuestión a la larga difícil y cuanto más penosa.&lt;br /&gt;En treinta años, Ernesto tuvo una vida compleja, llena de vínculos diversos, todos frustrados al fin y al cabo. Historias que traía al consultorio y que vivía a pleno. Así creció y, sobre todo, envejeció. O, mejor interpretado, envejecimos juntos.&lt;br /&gt;Fue a fines del 2001 que enfermó. Aquello que lo preocupaba y que parecía un resfrío que no curaba nunca terminó con pautas sombrías. Un año después sabía que lo suyo era incurable, y que moriría sin remedio. Nunca me gustó tener que lidiar con pacientes en fase terminal, así que imagínense lo que fue trabajar con este Ernesto que, a esa altura ya era en forma cabal el hermano que nunca había tenido. Un hermano del que conocía todos sus pesares pero al que por ética profesional no pude confesarle ni un desconsuelo mío.&lt;br /&gt;Por entonces fue que él me confió una misión: ser su albacea. Ernesto quería que, después de muerto, yo me encontrara con cada una de las personas con las que se vinculó y les contara lo que él pensaba, creía y –sobre todo- había sentido y sufrido por elllas.&lt;br /&gt;Especular sobre ética profesional es al pedo cuando uno es un ser humano. Estoy casi seguro qué es lo que piensan al respecto muchos de mis colegas, enfundados en encuadres tan cerrados como obtusos. Pero yo tenía allí enfrente mío al muchacho que desde hacía años había sido testigo de sus triunfos y sus penas que se iba a morir y me pedía un favor. ¿Tenía que negarme y aducir encuadres, éticas y cosas por el estilo?&lt;br /&gt;Decidí cumplir con aquella misión, para la cual no diría quién era en realidad: el psiconalista durante treinta años de Ernesto, sólo me presentaría como un viejo amigo al que le había pedido un favor. Y debería hacerme cargo de todas las consecuencias.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Esto continuará, luego, en “Ernesto, segunda parte”.&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-115758407336719085?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/115758407336719085/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=115758407336719085' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/115758407336719085'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/115758407336719085'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2006/09/ernesto.html' title='ERNESTO'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-115586518485726278</id><published>2006-08-17T18:36:00.000-07:00</published><updated>2006-08-17T18:39:44.873-07:00</updated><title type='text'>LA VERDADERA HISTORIA DEL DOCTOR</title><content type='html'>Al Doctor Ozzipuzzi le encantaba que lo llamaran así: anteponiendo su título, y por su apellido. Y tantos años de obligar a todos a eso le habían hasta hecho olvidar qué se sentía cuando a uno lo llaman por su nombre de pila.&lt;br /&gt;Pero eso sintetizaba de manera cabal uno de sus logros principales: ser “alguien”. &lt;br /&gt;Y claro que ese alguien hacía valer sus galones, en medio de una fragilidad que no podía reconocer ni siquiera con sus parejas, a saber: la ex, la actual y su “pequeño harem”, como lo llamaba, constituido por un par de mujeres que el creía que había seducido pero que en realidad encajaban muy bien con su más reactiva neurosis.&lt;br /&gt;Llegó a mi consultorio de la mano de los cacerolazos, el día que no pudo soportar más. Un día no había podido entrar a su casa porque se le habían estacionado frente al garage un grupo de desesperados, justo cuando las turbas habían invadido los supermercados de la zona y la policía no daba abasto para atender sus reclamos. &lt;br /&gt;Había desarrollado temores cada vez más elaborados y le costaba conciliar el sueño, digerir la comida, mover el vientre en forma natural, pensar en otra cosa que fueran terribles acechanzas. Su clínico, harto de darle medicamentos, sintetizó diciéndole que debía derivarlo a un psicoanalista. Pero él se resistía a entrar en análisis por varias razones: sostenía que “no estaba loco”, que era muy poderoso y que eso en sí era la felicidad, y –y éste era el punto más sensible- que la terapia no era segura. Vivía enloquecido pensando qué podía contarme y qué no, de qué manera podría filtrarse la información que me daba. Y dado que pasaba muchísimas horas en su oficina, todo lo que podía llegar a contarme estaba fundado en su vínculo con aquella bendita empresa.&lt;br /&gt;El destino de una empresa que no es ni la primera ni la segunda en el ranking de su especialidad –en este caso los productos de limpieza- es que encabeza el grupo de las rezagadas, y eso es todavía más serio e importante. Él cayó allí luego de diez años de una gris trayectoria en otra empresa, en la que –sin embargo- se lució por la prolijidad de una gestión destacada en una particular habilidad muy deseable en los contadores argentinos: ser muy legalista en la superficie, pero astuto para lograr que el patrón pagara cada vez menos impuestos, tuviera menos gastos y alcanzara mayor rentabilidad real.&lt;br /&gt;Ingresó en la nueva empresa como auditor, pero al año ya era el nuevo gerente financiero. No habían pasado ni dos años cuando ya ocupaba el ansiado sillón de director. Pero su eficiencia lo hacía anular a los ineficientes que le Interponían. Primero absorbió Sistemas, luego Recursos Humanos, luego Producción y Control de Calidad. Cuando se dio cuenta, el Gerente General era el único que tenía un poquito más de poder que este hombre que controlaba casi toda la empresa.&lt;br /&gt;Un día entró el Gerente General –que en teoría era su jefe- y le echó en cara todo lo que había hecho, autorizado, aprobado y pagado. Parecía que sólo le quedaba renunciar. O hacer lo que hizo: desarrollar fobias a diestra y siniestra.&lt;br /&gt;Llenó de alarmas su casa, su oficina, las cocheras, el velero, los autos... Se compró una pistola, perros rottwilder, libros de defensa personal.  Empezó a dejar de dormir, pensó que iría a quedarse pobre y prohibió a su familia gastar, dejar luces encendidas o el piloto del calefón. Cada día agregaba nuevos lineamientos a su vida, de una dimensión atemorizadora.&lt;br /&gt;Pero, en contra de la lógica que diría que tanta sensación de inseguridad lo volvía más inseguro, toda la parafernalia con la que montó su personalidad lo transformó en... más poderoso.  Y tal parece que en las organizaciones existe un bichito extrañísimo que se mueve día y noche y que se llama azar: su jefe, que a esa altura era su archienemigo y que sostenía en todo posiciones disímiles, un día fue a mear y cayó de bruces sobre el inodoro. Un infarto lo apartó de las actividades de inmediato, y el posterior ataque cerebro vascular lo separó tal vez por un tiempo demasiado largo.&lt;br /&gt;Don Ozzi pasó al estrellato. El Directorio consideró que no podrían cubrir el puesto del número uno hasta no estar seguros de que había quedado inhabilitado por su mala salud, y delegó en el cuerpo de directores la conducción de la compañía. Y por ser nuestro hombre quien manejaba los destinos del dinero, se transformó en forma inevitable en el más fuerte y cuya simple decisión (o capricho) sirviera para orientar los destinos de aquellas dos mil personas que vivían de fabricar lo que fabricaban, publicitaban, vendían y cobraban.&lt;br /&gt;Por supuesto, cada sesión de terapia que tenía conmigo se volvió en un capítulo más de aquella historieta, en la cual él me confundía con un empleado suyo, tal vez uno de sus “analistas administrativos”, al cual podía darle un par de órdenes por ser “el doctor”. Pero a medida que corría la tarde, y luego de convocar a un par de sus fantasmas, lograba amansarlo y recordarle donde y para qué estaba allí, sin su escritorio con alarmas ni su secretaria perruna, ni sus gerentes guardaculos, a los cuales manejaba según su capricho.&lt;br /&gt;Al Gerente General, luego del penoso suceso del inodoro y haber tenido una larga convalescencia, le descubrieron que había ingresado en forma veloz a la vejez, ya que muchas de las funciones que lo habían destacado en su lucidez las había perdido, y ningún médico sensato opinó que podría volver a trabajar. &lt;br /&gt;Cuando llegó la hora de pensar en su reemplazante -y Ozzi creyó que lo lógico era convocarlo a él- apareció un muchachito con un brillante currículum por el mundo, y varios posgrados gloriosos, que fuera traído por head hunters caros y exclusivos. Así que el pobre debió desarrollar una lucha en dos frentes: pelear para derrumbarlo rápido, y ser cada vez más exitoso en su gestión. Objetivos que logró con gran paciencia y dedicación.&lt;br /&gt;Luego de que este nuevo número uno estalló por los aires para continuar su carrera en otro lugar, ajeno ya a las narices de nuestro héroe, pensó con mayores esperanzas que ahora notarían su existencia los componentes del directorio. Pero lo que más bien percibieron era que ya estaba en condiciones de asumir como nuevo mandamás el hijo mimado de la principal accionista, quien en los últimos veinte años había estado puliendo con fervor la personalidad de su hijo Andrés, ex roquero y striper pero luego arrobado student de Harvard.&lt;br /&gt;Con rabia, Ozzi debió masticar los siete años que le llevó a Andrés darse cuenta que su vida estaba más atada a los Estados Unidos de lo que él mismo creía: la reaparición de su vieja noviecita texana se lo llevó de nuevo. Y así Ozzi pensó que había llegado su hora.&lt;br /&gt;Habían pasado veinte días de la renuncia de Andrés. El Directorio lo citó a una reunión formal, y nuestro doctor olfateó que venía la designación formal, había entregado su vida al proyecto y no había ya ningún otro candidato a la vista. &lt;br /&gt;- Doctor Ozzipuzzi: no sabe lo conforme que estamos con su gestión –dijo el presidente del Directorio- así que hemos pensado en premiarlo con un retiro muy digno: medio millón de dólares.&lt;br /&gt;Así quedó congelado. Para siempre.&lt;br /&gt;Cuando volvió a casa, ya desocupado, tuvo tiempo de hacer un rápido recuento de su nueva realidad. Entre lo que había ahorrado durante aquellos últimos quince años, las indemnizaciones y premios, y las propiedades que había juntado (incluía un barco, una avioneta y cuatro autos: el suyo, el de su mujer y su hijo, y la cuatro por cuatro para vacaciones) era cuasi millonario. Se dio cuenta que si administraba con cierta prudencia todo lo que tenía no necesitaría trabajar más. También comprobó que no tenía más poder, que nadie en el barrio le decía “doctor” con reverencia, y que la cajera del supermercado o el limpiaparabrisas del cruce lo trataban como cualquier otro, a pesar de que manejara un BMW. Todo eso lo sumió en una depresión que él denominó tristeza.&lt;br /&gt;Pero prefirió no volver a trabajar. Y vivir de sus recuerdos. No será feliz, pero... al fin y al cabo... ¿quién es feliz?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-115586518485726278?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/115586518485726278/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=115586518485726278' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/115586518485726278'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/115586518485726278'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2006/08/la-verdadera-historia-del-doctor.html' title='LA VERDADERA HISTORIA DEL DOCTOR'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-112259112780596975</id><published>2005-07-28T15:49:00.000-07:00</published><updated>2005-07-28T15:52:07.813-07:00</updated><title type='text'>MAITE</title><content type='html'>Maite me fue derivada por Angie, una ex-compañera de facultad.&lt;br /&gt;-Ella es la hija de una paciente mía, creo que es un caso que te va a interesar. No es problemático, y te adelanto más: lo que te cuente en la primera sesión ya te va a alcanzar.&lt;br /&gt;El comentario fue suficiente para despertar mi intriga. Hasta que la vi entrar. Maite tenía veintipico de años y ha sido una de las mujeres más bellas que pisó mi consultorio. Alta, erguida, de mirada penetrante. Destilaba seguridad.&lt;br /&gt;Hacía cerca de un año que había terminado sus estudios como psicóloga, y estaba ensayando sus primeros intentos de seguir casos en forma particular. Con gran esfuerzo, estaba tratando de ubicarse en la gran ciudad. Abandonó a sus padres, con los cuales había vivido mientras fue estudiante, en una zona del Gran Buenos Aires, no muy lejana a la Capital, y se fue a vivir sola. En un único ambiente atendía a su gato, su vida personal, sus estudios de posgrado y a sus pacientes (cuando ellos llegaban escondía el gato en el baño o en la cocina).&lt;br /&gt;No sin poco esfuerzo, en un año había reunido cuatro pacientes y, por falta de dinero para pagarlos había cometido el error de comenzar sin terapia personal ni supervisión sobre su trabajo.&lt;br /&gt;-Es que al principio pensé que el mundo de los demás no se podía inmiscuir en mis asuntos. Yo me sentí ya profesional, y pensaba que con eso solo ya podía controlar todo –me dijo en su primer encuentro conmigo.&lt;br /&gt;- ¿Y cuándo sentiste que no todo es controlable?&lt;br /&gt;- Ya con mi primer paciente.&lt;br /&gt;- No es poco.&lt;br /&gt;Se trataba de Osvaldo, un adolescente de 19 años, muy tímido. Sintió que, desde un principio, no podía evitar el crear un vínculo con él excesivamente cariñoso, equívocamente maternal. “Me daba ganas de arroparlo” me explicaba. “Cuando me confesó que era vírgen, me sorprendí. Primero pensé que me mentía, porque era grandote, corpulento, parecía tener más edad. Después me sobrevino un enorme sentido de piedad. En la segunda sesión, sentí que me había enamorado enloquecidamente de él. Esa noche, pensando en el tema más profundamente, me di cuenta que lo que abrigaba era una pasión de esas de película dramática, digamos una gran calentura...”&lt;br /&gt;Desde semejantes argumentos, Maite notó que vivía su primer gran crisis profesional. Le explicó a Osvaldo que debido a inconvenientes personales debería seguir atendiéndose con otro colega, y lo derivó.&lt;br /&gt;A Osvaldo no lo podía olvidar, y por primera vez dudó de su capacidad para la especialidad adolescente que pretendía alcanzar, y para la cual había estudiado bastante.&lt;br /&gt;Creyó que siendo una mujer su segunda paciente la cosa cambiaría. Pero notó que ya en su primera sesión Cecilia la inquietara. Le molestaba su excesiva belleza y lozanía, su juventud excesiva que la volvía graciosa y hasta con toques de ingenuidad real. “Sentí de entrada que no podía soportar que fuera tan linda, tan joven, tan delgada, con proporciones tan armónicas.” Como si fuera poco, notaba que ella se sentía comprendida, que Maite decía las palabras exactas para que se sintiera mejor de arranque.&lt;br /&gt;Ni siquiera llegó con ella a una segunda sesión, la derivó al finalizar la primera.&lt;br /&gt;Al conocer a Eduardo, su paciente siguiente, la tranquilizó bastante el hecho de que se tratara de un joven de más de veinte años, por el cual no sintió ningún interés. El muchacho venía algo golpeado porque había descubierto que su novia, a la cual conocía desde la niñez, lo engañaba con otro.&lt;br /&gt;A Maite le sirvió para sentirse que crecía: podía crear distancia y la terapia comenzaba a avanzar por carriles bastante profesionales.&lt;br /&gt;Aquí fue donde comenzó la terapia conmigo, y yo percibí que tenía muy claro que ya habían pasado sus primeros escarceos, siempre difíciles. Claro que en la quinta sesión de Eduardo, este se puso a llorar como un nene. Y Maite sintió la profunda necesidad de consolarlo, y luego de abrazarlo quedó absolutamente seducida por él. No pudo evitar el resto. “Ahí me di cuenta que me gustaba mucho. No sentí culpa personal, pero me empezó a preocupar la situación que comprometía mi rol profesional”.&lt;br /&gt;Sin duda, ella se estaba demostrando cada vez más que su pretendida especialidad en terapia adolescente no caminaba con ella. Y por primera vez fue lúcida al demostrarse a sí mismo cada vez más que su pretendida vocación por los chicos no era de tipo profesional sino sexual: le encantaban los adolescentes varones, y correlativamente envidiaba y competía con las adolescentes mujeres.&lt;br /&gt;Le propuse iniciar una supervisión con una persona de la que tenía excelentes referencias, que además la ayudaría con orientarla en su propia terapia personal. Era un caso que, personalmente, no me interesaba porque siempre evité trabajar sobre los casos de colegas en forma demasiado profunda. Creo que lo hago desde la humildad de entender que carezco de la capacidad de abstracción necesaria para “analizar analizadores”. Bastante con mi propio diván para anexar, además, remolques.&lt;br /&gt;Así fue como me desvinculé de Maite. Dejé de verla hasta que me reencontré con ella casualmente en 1982, cuando acababa de regresar de un viaje por el mundo (ella), y (yo) estaba discutiendo acaloradamente con la familia porque quería ir a pelear por las Malvinas.&lt;br /&gt;Y luego no la vería nunca más hasta que una tarde de un domingo del 2003, en que estaba con mi mujer en un Cinemark haciendo cola para ver la última película de James Bond. En la cola de al lado aguardaba Maite casi igual a la del 82, erguida y tan bella como entonces. Le di mi tarjeta y al día siguiente acordamos un encuentro.&lt;br /&gt;¡Se mataba de risa, recordando sus errores de aquellos tiempos! Le parecía imperdonable haber sido tan calentona e inmadura, y prefería no profundizar más allá de esos conceptos. Sin embargo, yo prefería aquella esponteneidad a esta imagen irónica, despiadada y algo cínica que irradiaba.&lt;br /&gt;Hace tiempo que he llegado a la conclusión de que lo más lindo de una adolescente hermosa es su juventud y no su belleza. Cuando pasan los años es posible que se mantenga tal hermosura, esa “foto” igual a la original, pero el resto “ya se ha ido”.&lt;br /&gt;Para sintetizarlo: Maite es hoy una bruja. Se dedicó a relatarme que su actual marido tenía mucho dinero, que eso la había seducido y que ella se lo había “sacado” a su mujer. Y que el haberle descubierto una amante le había servido para presionarlo y obtener mayores ventajas personales en su matrimonio.&lt;br /&gt;- Cuando descubrí que no podía ejercer como psicóloga por mis limitaciones afectivas, me dediqué a estudiar publicidad, y conseguí trabajo en la gerencia de marketing de una importante multinacional. Cuando mi jefe pudo divorciarse y casarse conmigo, tuve un hijo con él, y entonces él prefirió que yo abandonara el trabajo para dedicarme a la conducción de la casa.&lt;br /&gt;Estudió cine, astrología, dermatología y francés.&lt;br /&gt;Volví a encontrarla, el mes pasado, en el Hipódromo.&lt;br /&gt;- Me divorcié. Estoy por ser abuela. Creo que ya es hora de pensar si no estoy ya preparada para retomar la psicología.&lt;br /&gt;La acompañaba un adolescente que me presentó como su novio. Estaba vestida como una joven de secundaria, y me pregunté si su acompañante conocería algo de ella, si sabría que es abuela. Pensé que en un lugar como Buenos Aires, donde muchas de las vedettes y actrices andan por los 60, bien habría un lugar para Maite, que parece que siempre está por empezar a vivir.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-112259112780596975?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/112259112780596975/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=112259112780596975' title='4 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/112259112780596975'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/112259112780596975'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2005/07/maite.html' title='MAITE'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-111707248041191226</id><published>2005-05-25T18:53:00.000-07:00</published><updated>2005-05-25T18:54:40.420-07:00</updated><title type='text'>IDENTIDAD</title><content type='html'>Siempre pensé que debería haber hecho como Freud: escribir todas las historias que recogí en el consultorio: con su correspondiente interpretación y el hilo conductor permanente que me permitió seguir el caso. No se si hoy sería el referente obligado de la psicoterapia latina, pero en cambio mi prestigio científico me enorgullecería. En cambio soy un viejo artesano jubilado, que sabe regar muy bien el jardín, pasear con los nietos y recordar con detalles emocionantes sus encuentros sexuales de juventud.&lt;br /&gt;¿Cómo me podría definir? Como un modesto profesional, tal vez un algo más exitoso que otros por el estilo obsesivo con que me dedicara a cada uno de mis pacientes.&lt;br /&gt;Hace poco reflexionábamos sobre el tema con mi odontólogo, también muy entregado a sus dotes profesionales. Pareciera como que ambos coincidíamos en que tal vez hubiéramos querido ser lo que no éramos. Claro que, en síntesis y dando por tierra con cualquier otra interpretación, a ambos nos ha ido bastante bien. Pero nuestra imaginación agregaba cosas mucho mejores como ambición no cumplida. Han pasado muchos casos así por mi consultorio. Demasiada gente que no pudo ser lo que quería, y en cambio lo que era no los satisfacía.&lt;br /&gt;Eso era María Eva.&lt;br /&gt;El motivo que la había empujado a conocerme había sido que ella se autodefinía como pobre, gorda y bastante inculta, pero pensaba que la felicidad aparecería inmediatamente de cambiar tales parámetros, de manera tal de ser rica, flaca y "doctora en algo que le gustara".&lt;br /&gt;A poco que fui conociendo sus pensamientos, descubrí que todo parecía no ser tan así, ya que parecía disfrutar muchísimo de lo que ella misma denominaba sus "penares"&lt;br /&gt;- ¡Usted sabe por qué me pusieron mi nombre?&lt;br /&gt;- Imagino que por Eva Perón.&lt;br /&gt;- Nací el día que ella murió. Así como los muy cristianos pueden poner Nopuceno a un pobre chico que haya nacido el día de ese santo, a mi familia muy peronista no se le ocurrió mejor nombre que el de la que ellos consideraban su ídola.&lt;br /&gt;- Bueno: su familia adoraba a Evita, supongo que la adoración se debió trasladar a usted (yo intentaba aportar una visión algo optimista).&lt;br /&gt;- ¿Usted cree bueno asociar mi nombre al de alguien que muere en el momento que yo nazco?&lt;br /&gt;En eso debía tener razón: fue ella la que vivió por siempre el resultado de la experiencia, y no yo que simplemente trataba de "buscarle" al asunto un costado mejor. No pareciera en realidad ser muy alentador saber que uno "ligó" nada menos que su nombre de alguien que moría de un cáncer horrible.&lt;br /&gt;Aquello iría a ser, además, una eterna complicación para mi paciente. Durante su niñez debió padecer la persecución que vivió el peronismo, que incluía nada más y nada menos que ¡la prohibición oficial por ley de nombrar a Eva!&lt;br /&gt;Aquella situación se complicó aún más con todos los rumores que la oposición había tejido sobre la muerta, referencias que habían servido como modelo para el nombre ejemplar de la niña.&lt;br /&gt;Ya grande, llegó a sus manos la biografía de Evita, escrita por su amiga Vera Pichel, que le confirmaba muchos de los rumores conocidos. Es que su referente tenía, entre tantas cuestiones descubiertas ¡problemas de identidad!&lt;br /&gt;Eva Perón era fruto de la "casa chica" de un señor que había armado dos parejas, una legal y otra en las sombras, por lo cual se había limitado en principio por reconocer sólo a sus hijos del matrimonio con papeles. Por lo tanto su madre la había inscrito originalmente como Eva María Ibarguren, apellido materno. En su adolescencia como actriz había optado por el nombre Eva Duarte, con apellido paterno. Al casarse lo completó con el de María Eva Duarte de Perón, previo cambio de lugar y fecha de nacimiento por obra de personal de los registros. Como esposa del presidente prefirió figurar en todos los actos como Eva Perón (el nombre que dio a su fundación) y ya líder absoluta en su partido prefirió el cariñoso nombre con que se la conoce en la historia: Evita.&lt;br /&gt;Cuando "mi" María Eva tuvo 20 años tuvo la desgracia de conseguir un trabajo estatal por obra y gracia del "acomodo" logrado a través de un tío militar. Esto la movió a ser un algo "lanussista" y apoyar la candidatura de Ezequiel Martínez, un militar que obtuvo los votos suficientes como para salir último, en medio de una apertura que permitió al peronismo volver al poder luego de dieciocho años de prohibición.&lt;br /&gt;Llamarse María Eva en un medio opositor al peronismo le trajo aparejado mil y un problemas más.&lt;br /&gt;Decidió traerme una foto de cuando era flaca. Tenía tal vez 14 o 15 años, y realmente daba pena su contextura escasa de las redondeces características de las adolescentes.&lt;br /&gt;Fue por entonces que la conoció su "novio feo".&lt;br /&gt;- El tenía 20 años y estaba en la colimba. Yo acababa de cumplir quince y era muy romántica. Nos conocimos en la feria de ciencias organizada por el colegio de mi hermano. Mis viejos solían cuidarme exageradamente, todos pretendían custodiar mi virginidad, aunque sin mencionarlo siquiera. Pero ¿quién iría a sospechar de un encuentro a las cinco de la tarde en una escuela? Por supuesto: perdí mi virginidad sobre el inodoro del baño de hombres del colegio de mi hermano, un domingo a las cinco de la tarde, mientras toda la familia visitaba aquella feria coquetamente armada por los chicos.&lt;br /&gt;Un año después se casaron, hartos de "hacerlo" de parado en los lugares más oscuros de la ciudad, en la pieza donde dormían sus cuñados o masturbándose mientras comentaban por teléfono todo lo que podrían hacerse si estuvieran juntos.&lt;br /&gt;Para entonces, Ricardo había obtenido la baja en el ejército y había vuelto a trabajar con su padre, atendiendo un negocio de electricidad familiar que tenían por Almagro.&lt;br /&gt;Ella dejó su trabajo, y Ricardo era el que "trabajaba afuera" y Eva fue así destinada, naturalmente, a "las cosas de la casa".&lt;br /&gt;- Al menos en esa época pocas alternativas le quedaban a una mujer que no trabajaba ni estudiaba.&lt;br /&gt;Y empezó a engordar. A los tres años de casada, antes de su primer hijo, ya tenía 30 kilos de más. Luego del nacimiento de Abel sumó diez más. Las vicisitudes vividas luego de la quiebra del negocio de electricidad (no alcanzaron a "pasar el invierno" de la economía argentina) parece que fueron la principal causa que ayudaron a sobrevenir los siguientes veinte kilos.&lt;br /&gt;Los dos hijos restantes aportaron un resto de kilos imposibles de frenar.&lt;br /&gt;Cuando llegó por primera vez al consultorio me impresionó bastante su obesidad. Ella decía que la comida era un muy buen calmante de todo. Su marido había muerto, sus hijos se habían casado, y quería "resurgir" ingresando a la Facultad de Ciencias Económicas.&lt;br /&gt;Sus únicos ingresos oficiales eran la pensión exigua que le había dejado su marido, y algunos pesos extras que le aportaban los chicos. Toda mi terapia se orientó a colaborar con el dietólogo que estaba tratando de reeducar sus hábitos de comida. La ayudé bastante en detectar sus boicots, en poder comer mejor y caminar más. Y que sus intentos de empezar a estudiar se concretaran y fueran beneficiosos.&lt;br /&gt;Comenzó a maravillarse con las ciencias contables, a fanatizarse y a ponerlas en práctica en cuanta cosa se le cruzara.&lt;br /&gt;Hasta que conoció a Leopoldo.&lt;br /&gt;Cuando comenzó la facultad tenía 52 años y ya había logrado mejor figura. Si bien nos habíamos sumergido en el tema nueva pareja, nunca había querido incursionar realmente. Pero Leo apareció en un grupo de estudio y ambos creyeron haberse hecho "grandes amigos". Leopoldo tenía por entonces 21 años y poca suerte con las mujeres. Había quedado huérfano de madre desde muy chico y fue criado por su padre y su tío solterón, que cubría las ausencias de su padre, viajante eterno por el interior.&lt;br /&gt;Cuando Eva notó que le pasaban cosas con su nuevo compañero, se asustó mucho: tenía la misma edad que su hija menor.&lt;br /&gt;Pero, tal cual lo habíamos visto juntos, no iba a detener el transcurrir de lo que podía arreciar. Se habían encontrado a estudiar un sesudo texto de Keynes al cual ella no le encontraba la vuelta. Fue cuando Leopoldo le confesó que ella le gustaba mucho, y la besó. Cuando se acostaron, ya desnudos e irremediablemente excitados, Eva rompió su segunda virginidad, que tenía ya más de veinte años de transcurridas.&lt;br /&gt;Aquel hecho inició una serie de buenas nuevas desde el punto de vista de mi modesta terapia: Eva comenzó a adelgazar sin medida, sus notas en la facultad pasaron a ser brillantes, mejoró la relación con sus hijos.&lt;br /&gt;Como muchas veces en el consultorio (esto pasa, qué podemos hacer) el paciente me adjudicó todos los triunfos que percibía. Eva era muy feliz, pero yo más. Tuve que anunciarle que nuestra terapia llegaba a su fin.&lt;br /&gt;Un día llegó muy ansiosa: me comunicaba que Leopoldo le había pedido que se casaran.&lt;br /&gt;- Está loco –dijo.&lt;br /&gt;- Pero usted: ¿lo quiere o no lo quiere? –contraataqué.&lt;br /&gt;- Sí, pero dentro de esta relación. Mis hijos no se bancan que yo salga con un muchacho tan joven, al que le llevo tantos años. Si me caso, no podría soportar la presión que generaría mi familia.&lt;br /&gt;Así que no se casaron, manteniendo un supuesto "noviazgo". Pero aquello no terminaba de ser digerido por el pobre Leopoldo, y comenzaron las crisis.&lt;br /&gt;Lo cité y charlamos. Aquel pobre hombre soñaba con un matrimonio como todos los que había en su familia: con una mujer que lo esperara todos los días en su casa. Aceptaba la situación que proponía Eva porque la amaba, pero me di cuenta que no daba para más.&lt;br /&gt;La relación se fue apagando.&lt;br /&gt;Eva consiguió finalmente una pareja de su edad, un divorciado que aceptó la propuesta de "noviazgo cama afuera". Y con la nueva situación comenzaron a aparecer nuevos kilos.&lt;br /&gt;Leopoldo se casó con la mejor amiga de Eva, quien lo había tenido en la mira desde siempre.&lt;br /&gt;Eva se recibió de contadora a los 55 años, y puso un estudio con quien había sido una de sus compañeras.&lt;br /&gt;Cada tanto recibo e-mails que me envía, con mucha nostalgia. Le conté que quería contar su historia. Le encantó, y hasta dejó que usara su propio nombre. Quiere retomar la terapia porque finalmente abandonó a su novio y –asegura- quiere empezar su vida sentimental "de nuevo".&lt;br /&gt;Eva: como ve, me jubilé. Espero haberla ayudado contando su historia como aquí está. Y recuerde que si come menos, engorda menos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-111707248041191226?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/111707248041191226/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=111707248041191226' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111707248041191226'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111707248041191226'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2005/05/identidad.html' title='IDENTIDAD'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-111585768662980427</id><published>2005-05-11T17:26:00.000-07:00</published><updated>2005-05-11T17:28:06.636-07:00</updated><title type='text'>BUENAS TARDES DOCTOR</title><content type='html'>En la época en que me gradué no era tan sencillo pretender alcanzar además el doctorado en psicología. Y no porque no quisiera o no debiera. Cualquiera sabe que ningún psicólogo se recibe cuando se recibe sino "algún día", en medio de congresos, simposios, reuniones especiales, seminarios y juntas. Se estudia siempre. La diferencia para un doctorado sería una tesis realizada ortodoxamente y mostrando todo lo que uno sabe y el nuevo enfoque que pudiera encontrar. Pero ni siquiera maestrías existían por entonces, y bueno... uno no es "doctor". Ese detalle que a uno parece escapársele, no a todos le pasa.&lt;br /&gt;A mediados de los setenta recibí, derivado, a Juan Carlos, con una recomendación especial. Me lo mandaba mi colega Pedro, que realmente no tenía ni tiempo ni ganas. Pero cuánto le hubiera gustado atenderlo, de haber sabido quién era...&lt;br /&gt;Cuando abrí la puerta me encontré de frente con la portada de todos los diarios. Así que procedí a quedarme con la boca abierta.&lt;br /&gt;- ¿Puedo pasar? -dijo el hombre después de saludarme y notar que mi sorpresa se mezclaba con el susto.&lt;br /&gt;Entró, se sentó frente a mi escritorio y siguió.&lt;br /&gt;- Si es por el tema seguridad, no tenga ningún miedo. Como sabrá, hay alrededor nuestro un enorme dispositivo de seguridad.&lt;br /&gt;- Es lo que me intranquiliza, precisamente -tratando de ser gracioso, en la linea de lo que había visto siempre que hacían en el escenario Les Luthiers, que seguro que antes lo habían visto ellos hacerlo a los Hermanos Marx.&lt;br /&gt;Ahora empezaba a sospechar que en realidad Pedro sabía de quién se trataba, y por qué me había derivado tan fácilmente. Ser el psicoanalista de uno de los funcionarios más cuestionados, combatidos e impopulares del gobierno iría a ser una situación sencilla.&lt;br /&gt;- Doctor: yo vengo aquí porque debo encontrar una serie de soluciones de las cuales ni sospecho cómo resolver -dicho lo cual, se echó a llorar.&lt;br /&gt;Siempre me fue muy fácil seguir el diálogo de una mujer que llora. Es que todas las mujeres lloran en el psicoanalista, con la misma naturalidad que se sacan la bombacha en el consultorio del ginecólogo, por lo cual un analista está muy acostumbrada al permanente chubasco que lo acompaña. Pero hablar con un viejardo llorando, y que encima es lo que es, es como difícil de soportar.&lt;br /&gt;Hay que entender que yo estaba todavía impactado con el hecho de que nunca había hablado con un funcionario de ese rango, y me viene a pasar justo como paciente.&lt;br /&gt;Así que intenté primero poner orden.&lt;br /&gt;- Creo que debo aclararle, ante todo, que no es necesario que me diga doctor...&lt;br /&gt;- Pero... ¿usted no es doctor? -dijo, alarmado y casi enfurecido.&lt;br /&gt;- Soy psicólogo.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Bueno... no soy doctor...&lt;br /&gt;- Yo tampoco soy doctor, soy contador, pero ¡guay el que no me diga doctor! &lt;br /&gt;Me dejó sin muchos argumentos, porque yo intentaba enmarcar un poquito el nivel de realidad para arrancar bien. Él me estaba ganando el primer round, que parecía haber ganado yo ante su llanto.&lt;br /&gt;- ¿A usted le va a molestar que yo le siga diciendo Doctor? -señaló.&lt;br /&gt;- No, ya que seremos dos no-doctores tratándose de doctores, no...&lt;br /&gt;Me miró para saber si reirse o no, así que se rió. Con lo cual tuve a nuestro Señor (Doctor) en mi consultorio llorando y riendo en el breve lapso de cinco minutos.&lt;br /&gt;- Bien, doctor: lo escucho:&lt;br /&gt;- Me trae por aquí un asunto que yo considero importante. Es probable que sea una boludez, pero para mí es muy grave. Me ha perseguido durante años, pero desde que me han designado ministro la cosa se agravó: sólo pienso en ello.&lt;br /&gt;Su excelencia volvió a comenzar a llorar, y no pudo detener el llanto durante un largo lapso. &lt;br /&gt;- Pasa que mi señora es estéril -dijo- ¿usted está seguro de que no está grabando esto, no?&lt;br /&gt;- Yo le aseguro que ni grabo ni nadie graba. Si además, su custodia ha tomado medidas para que nadie pueda acercarse... bueno... estaremos bastante seguros.&lt;br /&gt;- Sí. Decía que no pudimos tener hijos con mi mujer. Mejor dicho: ella no pudo tener hijos.&lt;br /&gt;- Eso quiere decir que usted sí.&lt;br /&gt;- ¿Cómo adivinó?&lt;br /&gt;- No adivino, por eso le pregunto.&lt;br /&gt;- Bueno, pasaba el tiempo y yo me empecé a preguntar si realmente no iba a tener hijos nunca. Así que consultamos a un médico y nos confirmó que ella tenía una seria obstrucción en las trompas que le impedían para siempre ser madre.&lt;br /&gt;-¿Y?&lt;br /&gt;- Lloramos mucho. Pero para ese entonces yo ya estaba en una muy buena posición económica, así que nos tomamos un año sabático y nos fuimos a recorrer la parte del mundo que no conocíamos: Oriente, Rusia, Suecia y Australia. ¿Usted piensa que hicimos mal?&lt;br /&gt;- No es mi papel juzgar. Entienda que yo intento que me cuente cuál es el nudo principal que lo trae aquí. Y creo que si lo dejo me va a contar todos sus viajes por el mundo. Yo pienso que tiene algo que ver con el tema de sus hijos.&lt;br /&gt;- ¡Ah! Usted ya sabe algo de mis hijos...&lt;br /&gt;- Usted me lo dijo, al precisarme que su mujer no tenía hijos pero usted sí.&lt;br /&gt;- ¿Yo le dije eso? ¿Es que usted me hipnotizó?&lt;br /&gt;- Le ruego que se calme...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, se calmó y pudo contarme. Este hombre, que no pudo tener hijos con su mujer, intentó tener hijos con el resto de las mujeres. Y como todo el mundo sabe, esto funciona bien. Lo que él nunca sospechó era que en unos años más el sería uno de los hombres más famosos del país. Para entonces había "repartido suficientemente su simiente" como para que ningún abogado quisiera saber nada de su caso. &lt;br /&gt;El Dr. X -llamémosle así- y más por doctor que por X, decidió que si su mujer no tenía hijos, alguien debería tenérselos. Y, textualmente, se dedicó al tema.&lt;br /&gt;- Perdóneme: ¿me puede decir cuántos hijos tiene?&lt;br /&gt;- No se -dijo X, como no siendo un tema con demasiado trascendencia. &lt;br /&gt;- ¿Más de uno?&lt;br /&gt;- Oh, claro... hasta donde conté llevaba nueve. Pero es posible que sean algunos más.&lt;br /&gt;Me imaginaba a los periodistas chimenteros. A Crónica, tratando de verificar por distintas fuentes su titular de mañana "DR. X TUVO UNA DOCENA DE HIJOS EXTRAMATRIMONIALES ANTES DE SER MINISTRO". Y nuestro gobierno quedándose sin una parte importante de la negociación con el FMI, en medio de una inflación horrible y a horas de una nueva devaluación del peso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Su señora lo sabe?&lt;br /&gt;X me miró como taladrándome, o tal vez preguntándome cuán pelotudo podrá ser su analista.&lt;br /&gt;- Mi señora no sólo no lo sabe, yo aspiro a que no lo sepa nunca. No me lo perdonaría. Yo trato de asistir a esos chicos como puedo, pero a veces pienso que he sido un poco ansioso en mi vida y se me fue la mano.&lt;br /&gt;- ¿Reconoció a esos chicos?&lt;br /&gt;- Nunca.&lt;br /&gt;- ¿Qué edad tienen?&lt;br /&gt;- El mayor tiene 42 años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta aquí quiso llegar mi relato. Porque esto es todo lo que tiene de particular. Ahora voy a trazar una síntesis personal, que es lo que me parece más interesante.&lt;br /&gt;El Dr. X, descendiente de una familia europea muy prolija, austera y buena ciudadana había cumplido con brillo todos los cánones éticos, morales y religiosos con ímpetu probo. Se había jactado y había lucido todos sus cumplimientos frente a su familia, la sociedad, las instituciones y la religión. Pero no soportó, sencillamente, que "en pago" de tanta entrega se le negara la dicha de ser padre. Y, por su adscripción a tanta ley apretando debía resignarse y morir sin hijos. Esto lo soportó uno o dos años, hasta que en su soledad pergeñó ofrecerle embarazo a su mucama. Y el éxito de la misión lo animó a seguir ofreciéndolo:  a su cuñada, a su secretaria, a una empleada de sus socios... y así fue como comenzó a abandonar su fervor por la adsscripción a las leyes y empezó una segunda vida en la que se dio cuenta que no sólo era mentira que no podía ser padre, sino que la única verdad era su posibilidad de ser un padrillo "siempre listo" y con gran éxito.&lt;br /&gt;El llevar una doble vida es bastante sencillo, pensaba X. Lo que sí debe ser difícil es una triple o cuádruple vida. Y en su caso, la transgresión se limitaba a aflojar su cinturón, bajar sus calzoncillos y eyacular asegurándose de que los espermatozoides siguieran el recorrido clásico. Luego debía volver a casa y seguir su vida normal, que solía incluir -para su beneplácito- nuevas eyaculaciones, aunque estas veces debiera serlo en seno infértil.&lt;br /&gt;El tiempo pasó rápido, la gente cambia, los contextos se modifican. Y a X, un día, le ofrecieron aquel cargo tan importante.&lt;br /&gt;Su amigo Ortiz le ofreció que opinara un abogado. Su hermana le recomendó a una astróloga. Su médico lo derivó a mi colega, quien según jura a lo largo de los años, sin saber de quién se trataba me lo derivó a mí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-111585768662980427?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/111585768662980427/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=111585768662980427' title='1 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111585768662980427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111585768662980427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2005/05/buenas-tardes-doctor.html' title='BUENAS TARDES DOCTOR'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-111482560378067392</id><published>2005-04-29T18:45:00.000-07:00</published><updated>2005-04-29T18:46:43.790-07:00</updated><title type='text'>EL CASO MORA</title><content type='html'>Voy a relatarlo separado porque, en sí, es un caso muy rico, especial y nunca terminado, aunque la razón por la que nos visitara (a mí y a los otros profesionales anteriores) no parece haberse morigerado. La razón de la existencia del romanticismo no es la posibilidad de la construcción poética sino el desarrollo incierto que guarda una neurosis.&lt;br /&gt;Mora fue la primera hija de un matrimonio demasiado prolífico para el medio urbano (cinco hijos, dos perdidos, uno abortado), que como primer bebé tuvo todos los alientos familiares: primera nieta, primera sobrina, el juguete obligado de una familia pequeño burguesa aburrida y llena de prejuicios pueblerinos.&lt;br /&gt;Mora me trajo todas las fotos de su niñez. Delgada, pálida, con la mirada siempre perdida, trasuntaba soledad. “Por entonces mi mamá se había transformado en una tortura. Simultáneamente me halagaba y me hacía sentir que era el ombligo del mundo, pero de pronto y no se por qué estaba gritando todo tipo de barbaridades asquerosas que antecedían o precedían golpes o encerradas en el baño como castigo a culpas que ni ella ni yo recordábamos”.&lt;br /&gt;Es que ya había nacido su hermana, enorme piedra sobre su narcisismo. “Ahora cuando ella nazca ya no te vamos a querer tanto” le había dicho su tía Teté, con tanto tacto como King Kong y ausente intuición de la psicología infantil.&lt;br /&gt;Aquel nacimiento no sólo fue un escollo más: más bien un karma. Cada vez que algún pariente descubría una maravilla en la nueva niña y ella lo percibía (¡qué linda! ¡qué grande! ¡mirá qué inteligente!) Mora sentía como un fuego que la invadía y sólo ambicionaba desaparecer. Ya había desechado correr a los brazos de mamá, que había coleccionado una nueva variedad de frases ejemplificadoras como: “mirá tu hermana qué calladita, lo bien que se porta”.&lt;br /&gt;Después empezaron a venir el resto de los embarazos que soportó su madre, algunos de los cuales tenían como correlato final un nuevo hermano, que agigantaban los pesares y hacían de ella la hija más imperceptible. Pasaba horas frente al espejo comparándose con aquellas que eran sus modelos: Julieta Magaña, Pinky o Delma Ricci.&lt;br /&gt;La casa ya era para entonces una cámara de horrores: chiquilines llorando a toda hora, comidas y biberones, mucamas y niñeras perezosas y siempre discutiendo con su madre. Y en la casa se agregaban las discusiones paternas: su madre se había transformado en un monstruo celoso que acosaba a su padre con sospechas de todo tipo sobre sus empleadas. Así que el anuncio del comienzo de su Jardín de Infantes fue un enorme motivo de alegría: un medio nuevo pero lleno de chicas iguales a ella, de la misma edad, ninguna preferida por ninguna razón.&lt;br /&gt;Así conoció a las monjas. Y se convenció de que el mundo estaba repleto de nenas. Todas posiblemente más feas, menos graciosas, menos inteligentes, más obesas, más estúpidas.&lt;br /&gt;Cuando la empleada Coca la llevó aquel primer día en brazos, no la abandonó hasta que apareció a buscarla la Hermana Teresa. Ese día se dio cuenta que todos sus pesares estaban terminando allí. Aquella mujer, muy joven y muy hermosa la recibió con un beso y una frase que no olvidaría nunca: “esta es la niña más hermosa del mundo”.&lt;br /&gt;Pero en realidad ella pensaba que Teresa era la mujer más hermosa del mundo. Se preguntaba qué sería en realidad una “Hermana” (grande, hermosa, buena, inteligente), que no era su hermana (chiquilina, fea, mala, estúpida). Pero lo fue entendiendo muy rápido: era quien estaba con ella gran parte del día y a quien hubiera elegido para que fuera en realidad su madre o su hermana.&lt;br /&gt;Así fue pasando su niñez: percibiendo al mundo de la escuela como su verdadero y deseado habitat. Sufriendo cada vez que la llevaban de nuevo a casa para encontrarse con sus hermanos bochicheros, siempre enfermos, las empleadas cambiantes y peleando eternamente con su madre, su padre hostil a ella, sus hermanos, su madre... Una niñez apenas consolada por la televisión (la sonrisa de Cacho Fontana, los ojos negros de Virginia Luque, la maravilla de Dineylandia, la gomera del Capitán Piluso y Huckleberrey Hound) y los fines de semanas sin escuela ni Hermana Teresa pero con papá y su coche. Papá desde el sábado se transfiguraba. Subía a su coche grande y reluciente, y llevaba a pasear a todos por el Tigre, la playita de YCO, Luján o la casa de los abuelos en algún lugar del Gran Buenos Aires que, curiosamente, Mora borró para siempre de su memoria “sólo me ha quedado del abuelo el fuerte olor a su tabaco negro, agrio, persistente, pegado a su bigote cada vez que me besaba”.&lt;br /&gt;Lamentablemente, aquellos viajes no siempre terminaban sin una discusión familiar. Una vez, muy casualmente se encontraron con una de las empleadas de su papá en medio del paseo, y su mamá lo atribuyó a que aquello había sido previsto, con lo cual no habló más a a su padre por un mes. Otra vez, que el auto se quedó sin nafta y papá debió caminar unas cuadras por Cabildo a buscar una estación de servicio para poder llenar un bidón; cuando regresó se encontró con que todos, comandados por mamá se habían vuelto a casa en taxi. El regreso final del papá había sido un verdadero infierno con gritos, insultos y una esposa llorando a los gritos.&lt;br /&gt;Todo esto le confirmaba a Mora que, cuando el lunes llegaba al colegio era la verdadera paz la que volvía. Teresa se había transformado en su objeto amoroso, con un amor que era totalmente correspondido. Y aquello duró hasta segundo grado, cuando la Hermana Teresa fue cambiada sorpresivamente de destino. &lt;br /&gt;En sexto grado comenzaron las grandes crisis. Mora quería seguir en aquel colegio de monjitas, pero su madre proponía otro. Su padre, más bien ateo, había opinado en contrario. &lt;br /&gt;Todo terminó mejor cuando finalmente conservó el colegio. Y nunca dejó de olvidar que un día pudo encontrarse nuevamente con la Hermana Teresa, de visita por el colegio. &lt;br /&gt;En el secundario se hizo amiga de Lely, a quien conocía de otro turno. Era una morocha de ojos penetrantes, muy delgada y erguida y de temperamento muy firme. Se hicieron confidentes y comenzaron a cambiar opiniones sobre los chicos que estaban a la salida. Ir a un colegio de monjas implicaba por aquellos tiempos estar encerradas todo el día entre mujeres: alumnas, monjas, profesoras. Al salir, se chocaban con muchos de los chicos del colegio de curas de la otra cuadra, todos de guardia en la entrada, ansiosos por “pescar” algo.&lt;br /&gt;Pero no fue sino recién hasta promediar segundo año que ambas engancharon. En cuanto Lely le anunció que “estaba de novia”, Mora consideró que era el momento para aceptar las insistentes propuestas del Colo. Ser novios por entonces era verse un ratito, darse besitos, enviarse cartitas, mirar por la ventana de casa a ver cuándo él pasaba en bicicleta. Eran los sesenta y todavía se consideraban cuestiones como la virginidad. Mora había llegado a los quince años con suficientes frenos: los de mamá, los de los curas confesores y sobre todo los de las monjas, que no consideraban demasiado sancionables los abrazos y besos con ellas y entre las niñas, pero pensaban seriamente que detrás de cualquier tipo de expresión afectiva con los hombres habitaba el pecado más siniestro y destructivo. “El pecado mortal”, susurraban horrorizadas a sus alumnas.&lt;br /&gt;Así que, pobre Colo, seguía destinado a la misma suerte que le había tocado a su abuelo, a su padre y a sus tíos: la masturbación como único recurso válido de la expresión de su sexualidad, o ver cómo conseguía la forma de hacerse habitué a algún prostíbulo prohibidísimo.&lt;br /&gt;Pero, obviamente, esta no es la historia del Colo sino la de Mora, por entonces muy asustada porque su pretendiente lograba manosearla más de lo que su madre autorizaba.&lt;br /&gt;Cuando se encontraban con Lely a solas las charlas eran enriquecidas con lo que había pasado con cada una de ellas entre aquellos muchachitos inexpertos que trataban de pasarla algo bien con ellas. Se divertían, se contaban, se comparaban.&lt;br /&gt;En cuarto año, Mora pensó que se había enamorado de Lely. Inclusive habían ensayado besos de amor y les había gustado.&lt;br /&gt;Ambas se habían horrorizado con las posibilidad de que aquello fuera más pecado del que pudieran soportar. Pero creían que lo disfrutaban bastante. &lt;br /&gt;Tal vez el primer error de Mora fue darse cuenta de que le gustaba demasiado escribir, que era muy romántica, que la poesía le salía fácil y que hacer cientos de poesías de amor a Lely le resultaba muy sencillo. Sentía que aquello que a ella misma le daba cierto temor y que rechazaba, encontraba una manera de “legalizarse” en el papel. “Hoy te escribí una canción” le decía, y acompañaba los versos con música de Violeta Rivas. “Hoy hice una poesía y cuento lo felices que seremos cuando tengamos hijos”.&lt;br /&gt;Claro que el error no era escribir, sino dejar tantas pruebas. “No me gusta nada tu amiga Lely”, dijo -nada menos- mamá. “Tiene una mirada desafiante”. Y no valió de nada todo lo que ensayara Mora para bajar los decibeles de las acusaciones de una madre que empezaba a utilizar la más acertada de sus intuiciones. Mora percibía a mamá oyendo sus conversaciones telefónicas, notaba sus cuadernos revisados, la imaginaba revisando sus armarios cuando ella no estaba.&lt;br /&gt;Así que un día mamá le dijo que quería cambiarla de colegio. Aquello era demasiado: no pudo dormir en toda la noche. Se dio cuenta que si la separaban de Lely se moriría. Imaginaba muriéndose fatalmente de una cruel enfermedad originada en la total tristeza. Enfrentó a mamá y le dijo que si la cambiaba de colegio ella se suicidaba. Obviamente, su madre respondió al desafío con toda la violencia de la que fue capaz: golpes, cachetadas, encerrona en el baño, gritos.&lt;br /&gt;Cuando la cosa se calmó, Mora había entendido lo lamentable de su situación como supuesta pecadora: mamá había leído un encendido poema de amor en el cual quedaba en evidencia que ambas habían perdido la virginidad “entre ellas mismas”. Su pecado estaba demostrado, y aquel era su pecado mortal. Mamá amenazaba ahora con contarle a la madre de Lely, y ponía en juego la separación definitiva de ambas chicas cambiando a Mora de colegio, y contándole también a papá.&lt;br /&gt;Mora no sabía muy bien ahora por cuál de todas las razones quería suicidarse más: si por vergüenza, por pecadora mortal o por que todos habían descubierto que tenía sexo. El Colo, como un idiota, ignoraba todo lo que pasaba.&lt;br /&gt;Aquella “semana siniestra” era la primera pero no la última en su vida. Las crisis signarían su vida como una constante astral. Se dio cuenta que, por primera vez, estaba totalmente en manos de la decisión materna. Amenazó con el suicidio todas las veces que pudo, y terminó negociando que su madre la llevara a una consulta psicológica. Así fue como comenzó un camino que ya no abandonaría jamás.&lt;br /&gt;El comienzo de su tratamiento le hizo cambiar la cerrada óptica de las monjitas: se dio cuenta que en lugar de “haber atravesado el terrible portal del pecado mortal” había ingresado en su pubertad. Y que si bien Lely era una pasión atractiva, también le atraía mucho el Colo, a quien había aprendido a querer bastante.&lt;br /&gt;Pero el Colo terminó quinto año y se fue para radicarse en Bahía Blanca, detrás de su padre militar. Y Lely conoció a Roberto, su novio virgen, del que se enamoró perdidamente.&lt;br /&gt;Mora no pudo convencer nunca a mamá de dejar que Lely volviera a entrar en casa. “Esa” la llamaba mamá, y a lo sumo “esa negrita” o “esa negrita que es terrible”.&lt;br /&gt;La finalización del secundario encontró a Mora sin Colo, sin monjitas, sin el colegio contenedor, pero -sobre todo- sin Lely, con la que solo hablaba por teléfono para que le contara todo lo que quería a Roberto.&lt;br /&gt;Su panorama era pobre: mamá y la familia, la psicóloga y su obligación de contarle cosas. Pensó que debía ser monja. Era la manera más sensata de olvidar su pecado y entregarse definitiva y legalmente a Dios. Comenzó una etapa más mística, de la que la sacaría solamente Omar.&lt;br /&gt;A Omar lo conoció pagando la boleta vencida del gas, en la cola de Gas del Estado. Comenzaron a charlar de lo pesado que era hacer la cola. A ella le daba risa ver a alguien de su generación vestido con la formalidad de un mayor, pero eso quedó un poco disimulado en cierta comunión de ideas: ambos bastante tímidos, psicoanalizados, parecían orientarse por querer estudiar psicología.&lt;br /&gt;Así fue como empezaron a verse. A él parecía sorprenderle la visión tan ingenua de la realidad que tenía Mora, el apego a las cuestiones familiares, y la atadura materna que imponían los sentimientos encontrados de amor-odio. A ella le sorprendía lo contrario: las desataduras que parecía tener él, la visión del sexo como algo alejadísimo de la idea de pecado, transgresión o siquiera problema.&lt;br /&gt;Así que accedió a su invitación y por primera vez hizo el amor en la cama con un hombre denudo, sintiendo de todas maneras que pecaba, pero con menos vehemencia que lo había sentido siempre.&lt;br /&gt;Así que se encontraron en un bar con Lely y se lo contó para matarla de envidia. Aunque en el fondo le hubiera gustado explicarle que le hubiera gustado más hacerlo con ella. Que deberían intentarlo de nuevo. Casi estuvo tentada de decírselo.&lt;br /&gt;Y empezaron a salir los cuatro. Lely se decidió y le contó todo a Roberto, como para exorcisar de una vez aquellas cosas que quería un poco enterrar en el pasado. &lt;br /&gt;Todas aquellas cosas empezaban a estar en el pasado. Lely anunció su rápido matrimonio, y Mora no quiso quedarse atrás. Se casaron y ambas tuvieron hijas, felices porque las mandarían al mismo colegio que habían ido ellas.&lt;br /&gt;Mora me cuenta que vivió muy contradictoriamente todo aquel primer periodo. En principio creyó estar “bastante” enamorada de Omar, un tipo no sencillo en la vida de relación pero muy esquemático en sus manifestaciones sexuales. Su primer año de casada fue bueno, cada tanto apenas discutían pero luego se arreglaban y todo bien.&lt;br /&gt;Pero el nacimiento de Carolina fue muy impactante. Aquella niña le traía la imagen de Lely, le revivía a Teresa, a su mamá. Sobre todo a su mamá, a la cual empezó a ver más seguido por su casa. Sintió necesidad de rechazar a Omar. Ya no le satisfacía. Dejó de quererlo, más como opción que por fin del amor.&lt;br /&gt;Aquí es donde aparece su nuevo psicólogo. Sería el vehículo para su separación, pero todavía no lo imaginaba. En su trabajo conoce a Emilia, su nueva jefa. Emilia era la amante secreta del dueño, aunque sufría la persecución del hijo, quien quería a toda costa que amaneciera en su cama. Emilia: joven, atractiva, y con un particular don social, lograba atraer por igual a hombres y mujeres.&lt;br /&gt;Se hicieron íntimas, al salir de trabajar se iban a tomar el te y Mora se dio cuenta que estaba floreciendo algo que había abandonado por opción. Volver a casa para encontrarse con el aburrido de Omar y una Carolina tan necesitada de afecto la enloquecían. Tomaba conciencia de qué no era lo que quería. Se sintió presa en una realidad a la que quería abandonar ya mismo.&lt;br /&gt;Cada vez necesitaba más a Emilia y menos a su familia. Así que optó por decírselo a Omar, a quien lo invitó a dejarla. Previamente, como ya sabía hacerlo, lo amenazó con suicidarse si no se iba. Aquel pobre desgraciado, obligado a separarse de su hija del alma, fue apartado de un plumazo, poco se supo después de él.&lt;br /&gt;Emilia fue un buen soporte.&lt;br /&gt;Por cuestiones difíciles de explicar pero en sí bastante casuales, conocí muy de cerca al analista de Roberto, y cuando percibimos la proximidad de los casos, comenzamos a complementar información.&lt;br /&gt;Roberto llegó al consultorio de mi colega muy asustado por una cuestión que se escapaba de las manos permanentemente: su mujer, pasado el tiempo, había retomado las prácticas homosexuales que le gustaban tanto como las heterosexuales. Al principio se las había ocultado a su marido, pero de a poco le había ido develando el verdadero carácter del vínculo con sus amigas, todas muy especiales.&lt;br /&gt;Lely había detectado desde siempre cierta forma de ser de Roberto, que la predisponía a poder compartir con él sus gustos tan especiales. Así que de a poco se lo fue sugiriendo y un día entró en tema. Su amiga Ethel, tan amiga, compartía con ella cada tanto un rato de mimos que a ambas le hacía muy bien.&lt;br /&gt;Roberto se asustó en principio, no entendía cual debía ser su papel, su reacción, sus actitudes. Cuando no pudo más, apareció en mi consultorio.&lt;br /&gt;Lely y Roberto se quieren mucho, nunca podrían separarse. Roberto no pensó nunca que aquellos hábitos de Lely fueran malos, los pudo integrar, no piensa que ella deje de amarlo porque tenga sus gustitos compartidos con amigas.&lt;br /&gt;A algunas de las amigas las soporta más que a otras. Algunas actitudes se le mezclan. Su analista le dio a leer este informe y le encantó la idea, aportó todo lo que sabía sobre Mora y Omar. &lt;br /&gt;Muy movilizado por La Mala Educación, la última película de Almodóvar, empezó a contarle a su analista su experiencia con los curas en su escuela secundaria.&lt;br /&gt;Mora es muy feliz. Está planificando un viaje alrededor del mundo, pronto, ni bien se jubile.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-111482560378067392?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/111482560378067392/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=111482560378067392' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111482560378067392'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111482560378067392'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2005/04/el-caso-mora.html' title='EL CASO MORA'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-12367888.post-111421352966001209</id><published>2005-04-22T16:42:00.000-07:00</published><updated>2005-04-22T16:46:44.253-07:00</updated><title type='text'>EL DÍA QUE ME DECIDÍ</title><content type='html'>&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;PORQUE NO SABÍA QUÉ QUERÍA&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si algo fui en mi vida fui indeciso: ¿juego o no juego? ¿quiero o no quiero? ¿me gusta o no me gusta? Digamos que fue mi tortura durante la niñez, la infancia y la adolescencia. Saber qué quería no fue fácil: qué me correspondería menos, y luego saber si lo que había decidido estaba bien o mal... peor.&lt;br /&gt;Así, entre una y otra cosa pasé toda mi vida. Las tías siempre opinaban que aquella cuestión venía por mi signo astral.&lt;br /&gt;- ¿Pero qué quieren con este geminiano? ¡Nunca va a poder saber qué es lo que quiere!&lt;br /&gt;Cuando cumplí doce años, mi tío Gastón, el peluquero, me propuso regalarme una bicicleta nueva, ya "de grande" y con "vía libre para opcionales", así que aquel sábado salimos desde temprano a recorrer el centro para ver cuál me gustaba. Después de cuatro horas de recorrido infructuoso, sin bicicleta y ya sin diálogo posible, Gastón me miró fijo y me dijo:&lt;br /&gt;- Fernando: no puede ser que no te guste ninguna de las bicis que vimos.&lt;br /&gt;- No es que no me hayan gustado... verás: es que estoy indeciso porque me gustaron varias.&lt;br /&gt;Así fue como perdí mi primera bicicleta de grande. Mi tío se aburrió, mi cumpleaños pasó, el me mandó unos pesos por su madre y allí terminó todo.&lt;br /&gt;Como terminó todo en mi vida: sin decisión posible, o con una decisión equivocada, como esto de estudiar psicología.&lt;br /&gt;¿Y cómo fue que empezó?&lt;br /&gt;Mis viejos fueron docentes toda su vida, lo que los habilitó para creer que, desde la dichosa docencia todo es posible: ser mejores, más educados, más inteligentes. Como ven, se reitera el "más", que trasladado a todo hace todo "más" posible: y bien... A los 17 años, observando que me hacía más indeciso de lo habitual... me enviaron a otra docente, psicóloga y especializada en orientación vocacional.&lt;br /&gt;En la clase media argentina subsisten enorme cantidad de prejuicios. Los chicos, antes de dar exámenes colocan una estampita adentro del libro de estudios, para contrarrestar el terror que les da su propia ansiedad, la gente tiene miedo de pasar por una escalera abierta y no por temor a que caiga una lata de pintura en la cabeza sino porque parece que pueden cortar el destino, algo tan grave como que se te cruce en el camino un gato negro.&lt;br /&gt;Pero los prejuicios de los intelectuales son más incoherentes aún, y pueden ser reducidos a uno: creen en la ilustración. Creen que resuelven todo sabiendo más, estudiando, discutiendo, asistiendo a cursos, mesas redondas, seminarios y conferencias, visitando exposiciones y museos, comprando tickets para ir a conciertos (sí, ¿nunca reparó en qué segura se siente la gente con los boletos en la mano?).&lt;br /&gt;Un día pesqué a los viejos charlando sobre mí, así que me hice chiquitito y, con mi grabador, registré toda la charla. Mamá se mostraba muy preocupada porque si bien yo no había traído nunca problema con mis notas (siempre pensé que lo que me enseñaban en el cole eran obviedades boludas), me gustaba demasiado dormir, los jueguitos electrónicos y quedarme en casa demasiado tiempo (por aquellos tiempos todavía se consideraba la masturbación como algo nocivo). Papá en cambio me quería más deportista, más "hombre", fantaseaba con un hijo seductor, avasallador, un winner (¡qué padres clásicos, my god!).&lt;br /&gt;Ahí estamos. La imagen que había reservado para mí la vieja era inalterable. Me imaginaba los próximos ocho años "adentro": cinco de facul, dos de un master, uno de tesis. ¿El título? ¡Bien podría ser bioquímico, doctor en letras o físico nuclear! Pero como todo padre progre siempre agregaba: "respetaremos lo que él decida" (yo por dentro sostenía que mi decisión era "dormir").&lt;br /&gt;Papá me imaginaba delgado y atlético, pero algo así como rector de la UBA o por lo menos secretario académico, tal vez ministro de educación. Eso sí: claramente heterosexual, alejado de las drogas y el alcohol y con lindo hijos.&lt;br /&gt;¿No era un primor lo que me esperaba, según el pronóstico de mis viejos? Si el EFECTO PYGMALYON existe (recordar que ellos son docentes), hete aquí el ejemplo de tanta profecía autocumplida.&lt;br /&gt;- Creo que quiero ser psicólogo.&lt;br /&gt;Dije lo primero que se me ocurrió. Aquella mujer regordeta y aburrida que me había estado dando vueltas alrededor con sus test torturantes, había concluido que era evidente mi inclinación por las ciencias humanas, desde la política hasta el periodismo, desde la educación hasta la filosofía. Opté por un término medio y dije: psicología. La regordeta mostró una sonrisa cómplice, aunque con tendencia a reprimirla, no vaya a ser cosa que crean que influyó demasiado en mi elección.&lt;br /&gt;¡Finalmente me había decidido! Así que rápidamente, los viejos se pusieron a hacer un presupuesto y un menú de opciones, que a su pesar, incluía universidades privadas de confesión cristiana, algo que los ponía fuera de sí.&lt;br /&gt;Yo estaba por cumplir 18 y mi look externo no me mostraba mucho como alumno de una universidad de tipo cristiano: ropa negra con tachas, y la frente como única piel a la vista en la cara, ya que los jirones en los jeans dejaban ver piel también en los muslos, las rodillas, los brazos y el estómago.&lt;br /&gt;Elegí la UBA. Y así comenzó mi decisión.&lt;br /&gt;Y lo que soy psicoanalista, no voy a hablar más de mí. ¡Ya les conté bastante! Dada mi profesión, no está muy bien que yo hable: hablan ustedes. La relación psicoanalítica es asincrónica, irregular, distante y hasta caprichosa. Hablá vos, que yo lo voy a hacer cuando lo crea oportuno.&lt;br /&gt;Ah: y arbitraria...&lt;br /&gt;Cuando terminé todos los bollos alrededor del estudio, tenía muy claro a qué me iba a dedicar: ya me había enrolado en una agrupación de izquierda con integración hospitalaria, y estaba ferozmente convencido de que mi target iban a ser los psicóticos, desde un enfoque político de salud pública.&lt;br /&gt;Así pasé mis primeros diez años. Mejor dicho: así pasaron, y se llevaron muchas de esas cosas que ya no son mías: mis ideas, mi postura dentro de la realidad, algunos de mis gustos, mi pareja y el sentido de mi profesión.&lt;br /&gt;Cuando me di cuenta que había perdido mi interés por resolver la locura, la crisis me llevó a cerrar el ciclo, a barajar y dar de nuevo. Laurita, una vieja compañera de la facultad me prestó su quinta y me recomendó que volviéramos a charlar para cuál de mis crisis quería resolver primero. Mi analista piensa que ella suponía que yo quería resolver mi crisis de pareja.&lt;br /&gt;Y así es como comencé a incursionar, definitivamente, en el psicoanálisis.&lt;br /&gt;Con la perspectiva de atender gente común.&lt;br /&gt;Con el tiempo vería que lo de común fue sólo un sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;LLEGA VANESSA&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi primera paciente se llamó Vanessa, fue derivada por mi colega Laura. Me dictó por teléfono: es un caso flojito: ideal para tu comienzo.&lt;br /&gt;A ver si entienden: no era mi primer caso, era el primer caso PAGO.&lt;br /&gt;Vanessa tenía una edad imprecisa: era claro que había dejado la niñez pero no si había entrado en la madurez. Más de quince pero no más de cuarenta. ¡Era imposible sospechar cuál serían sus desvelos (los conoceríamos en instantes)!&lt;br /&gt;- ¿Cómo le va? -me dijo, se sentó en la silla que tenía yo por allí, no sonrió demasiado, estaba como ausente.&lt;br /&gt;- Estoy aquí porque no puedo hacer una pareja estable, no se cómo debo seducir a los hombres, empiezo a salir y todo se me arruina, y además no tengo la menor idea de qué cosa es un orgasmo.&lt;br /&gt;Todo eso junto, no me dejaba hacer mi propio procesamiento: ¿por dónde empezar? ¿Por su falta de orgasmo, su mala relación con los hombres, su timidez, o por lo que yo sospechaba, y es que tenía una relación oculta, de esas que son innombrables?&lt;br /&gt;- Pero usted sí sabe qué cosa es un orgasmo -ataqué, ensimismado de intuición.&lt;br /&gt;- Sí, claro, alguna vez...&lt;br /&gt;- No me refiero a "alguna vez" sino a "todas aquellas veces" (mamitaaa: era ir muy lejos, creo que la terapia no debería encarar temas tan intuitivos...)&lt;br /&gt;Vanessa me miró fijo, le sostuve la vista lo más fuertemente que pude. Se mató de risa y me propuso:&lt;br /&gt;- A usted le gustaría conocer un algo de "aquellas veces"...&lt;br /&gt;- A mí me parece que fueron muchas, y que tarde o temprano me las va a tener que contar.&lt;br /&gt;Vanessa se puso a llorar, pero sin convicción, como señalando "ahora en esta parte, las señoras deben llorar".&lt;br /&gt;- Y me da la impresión de que a usted le parece "anormal" aquella relación suya, a pesar de que fuera tan satisfactoria.&lt;br /&gt;- Usted parece muy bueno ¿sabe? ¿Cómo se dio cuenta de mi relación con mis hermanos?&lt;br /&gt;- Usted me lo fue diciendo desde el primer momento, y me lo sigue contando, a ver...&lt;br /&gt;Dije esto con una falsa seguridad. Había aterrizado de culo, me había mandado una improvisación que, sin querer, me llevó al nudo de la cuestión. Vanessa se había tranquilizado porque parece que hacía muchos años se había juramentado con sus hermanos mellizos y ante sí que, nunca nadie se iría a enterar de esto.&lt;br /&gt;Vanessa era hija de un vendedor de electrodomésticos del interior, que había heredado un negocio familiar y se había dedicado a seguir la tradición de la familia. El boom de los electrodomésticos, en los sesenta, les había dado un muy buen pasar: Vanessa nació en el 71 y sus dos hermanos mellizos, varones, en el 72. Se criaron con mucho cuidado y dedicación de una familia que los trató siempre con predilección, dándoles todos los mimos y educación más allá de lo imprescindible.&lt;br /&gt;Un día descubrió a sus hermanos mellizos realizando prácticas sexuales entre ellos. Les propusieron acompañarlos, y ella incorporó el hábito como un nuevo juego: tenía doce años. A partir de entonces aguardaban quedarse solos en su casa para ir incorporando nuevos y más elaborados juegos, que se les iban ocurriendo durante la semana.&lt;br /&gt;Por supuesto, también, fueron perfeccionando las formas de ocultarlos, lo que les salía muy bien, y los complacía más.&lt;br /&gt;Pero un día el secundario terminó y los mellizos fueron enviados a La Plata, para iniciar sus carreras universitarias (Ingeniería y Licenciatura en Administración, lo que eran gemelos la hicieron en la mitad del lapso porque los profesores nunca se enteraron de que eran mellizos). Vanessa debió conformarse con la visita que les hacía cada tanto a sus pensiones. Pero aprendió a divertirse en fiestas más extendidas, en que los mellizos mezclaban gente nueva de varios sexos, que iban conociendo.&lt;br /&gt;Y así, la relación se fue perdiendo, los hermanos casando, el vínculo sexual no sosteniendo mucho más.&lt;br /&gt;Y Vane, como tantas solteronas de la historia, un día se fue dando cuenta que la opción que le quedaba era muy sosa: conocer a un (otro) hombre (uno solo) del que además debía enamorarse, aguantar humores y olores.&lt;br /&gt;La tristeza la invadió, los años avanzaron, perdió su poco humor, todo se esfumó.&lt;br /&gt;Cuando terminó de contarme la historia, me dijo que ella no había venido con la intención de contármela, que su idea era resolver los resultados de la "cuestión" sin tener que develarla, pero que ahora estaba mejor.&lt;br /&gt;Y se quedó dormida.&lt;br /&gt;La dejé dormir los diez minutos que faltaban hasta que sólo quedaran cinco más para que llegara mi próximo paciente.&lt;br /&gt;Aproveché para tomar notas de todo. No era un caso uauu pero, no dejaba de ser interesante. Lleva a que cualquier lector se pregunte si Vanessa va a poder cortar con esta fuente rica de placer que han sido sus dos hermanos, programados para satisfacerla desde tan jóvenes en una relación casi "espejada", irreal, estereofónica: dos hombres, dos falos, dos intenciones, 360° de pasión, las versiones masculinas casi de ella misma. ¿Cómo saltar a los 35, de pronto, a una relación convencional, intimista, personal, con un hombre vulgar, distinto a ella y con un vínculo común y silvestre?&lt;br /&gt;Ese caso, y los otros dos de ese mismo día no me dejarían dormir aquella noche de los primeros días de otoño, en los que empezaba a encontrarme con esta profesión tan interesante, intensa y comprometida con la realidad humana.&lt;br /&gt;La seguiremos luego.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/12367888-111421352966001209?l=psicoanalista.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://psicoanalista.blogspot.com/feeds/111421352966001209/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=12367888&amp;postID=111421352966001209' title='0 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111421352966001209'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/12367888/posts/default/111421352966001209'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://psicoanalista.blogspot.com/2005/04/el-da-que-me-decid.html' title='EL DÍA QUE ME DECIDÍ'/><author><name>fernigrin</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04883748209488811819</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
